Francisco Miranda Hamburger
Editorial

El fin de la cuarentena

Levantar los confinamientos implica que ganan aún más importancia las herramientas individuales de protección: distancia social y tapabocas.

Francisco Miranda Hamburger
Director de Portafolio
POR:
Francisco Miranda Hamburger
agosto 25 de 2020
2020-08-25 09:06 p. m.
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El próximo primero de septiembre se termina oficialmente la cuarentena en Colombia, anunció el presidente Iván Duque.

Tras 161 días, más de 562 mil casos, 18 mil fallecidos y 400 mil recuperados, concluye el confinamiento como una de las herramientas que le permitió al país reducir ritmos de contagio, hacer pedagogía de la prevención y ganar tiempo para fortalecer el sistema de salud.

Este mismo instrumento -que sirvió de eje a las estrategias de lucha contra la pandemia desde marzo- generó asimismo la contracción histórica más severa de la economía colombiana en su historia.

Los cierres y las restricciones de las cuarentenas, nacional y locales, arrasaron con sectores productivos enteros; quebraron empresas y negocios de todos los tamaños; destruyeron más de 4,2 millones de puestos de trabajo y golpearon los ingresos laborales por más de 15 billones de pesos.

Un balance equilibrado de estos más de cinco meses de confinamientos no es fácil de construir. Por el lado de la salud pública, si bien las capacidades sanitarias y de prevención de contagios sí se fortalecieron, el número total de casos sigue creciendo, en especial en comparación con el resto de América Latina y el mundo.

Si bien los indicadores de la pandemia han dado muestras de mejora a nivel nacional y se pasó de 5.300 unidades de cuidados intensivos a unas 9.700, los costos sociales y económicos no fueron pocos, en especial en una economía como la colombiana.

Si bien el Gobierno Nacional, y administraciones locales como la de Bogotá, robustecieron canales de transferencias monetarias para los más pobres, las cuarentenas exacerbaron una miríada de inequidades ya existentes como la digital, de equidad de género, de empleo e informalidad y de déficit de vivienda.

Si bien la Casa de Nariño entregó la ‘llave de la gradualidad’ a los alcaldes y gobernadores para que los encierros respondieran a realidades locales, el instrumento se convirtió en una colcha de retazos en la que no hubo una sino mil cuarentenas.

Si bien las autoridades nacionales y locales aprovecharon los confinamientos para educar a la población en la prevención y el cuidado, hoy pululan fiestas clandestinas, marchas de protesta y otras violaciones a las normas.

Si bien las medidas de restricción a adultos mayores de 70 años y niños y adolescentes responden a las recomendaciones científicas y sanitarias, la larga temporada de encierro aumentó los pedidos por una mayor preocupación a los más pequeños y a los ancianos.

Si bien el Gobierno Nacional empezó desde mayo a reabrir gradualmente la economía para mitigar el impacto de la cuarentena, el ritmo de estas reaperturas locales se frenó a partir de julio por el crecimiento de los contagios y la imposición de nuevas restricciones.

En conclusión, el fin de la cuarentena en el territorio nacional- una de las más largas del mundo- implica que los ciudadanos tendrán que ejercer un mayor autocuidado, cumplir más los protocolos sanitarios y reforzar su compromiso social y su responsabilidad individual.

Implica, como lo afirmó el consejero presidencial Víctor Muñoz, “pasar de aislar ciudades y barrios a aislar personas”. Además, conlleva un cambio de paradigma de ‘todo cerrado y pocas excepciones’ a ‘todo abierto y pocas excepciones’.

Levantar los confinamientos, especialmente en municipios de baja afectación, significa que los instrumentos individuales de lucha contra el coronavirus ganan más preponderancia: lavado de manos, uso de tapabocas y distanciamiento social. Y asimismo gana urgencia fortalecer las pruebas, rastreos y aislamiento selectivo.
Es una fase más, no se puede cantar victoria.

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