Francisco Miranda Hamburger
Editorial

El fin del confinamiento

La reactivación de la economía no requiere solo de decretos y protocolos sanitarios, sino también de estímulos y confianza.

Francisco Miranda Hamburger
Director de Portafolio
POR:
Francisco Miranda Hamburger
junio 15 de 2020
2020-06-15 05:00 p.m.
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Hace pocos días se cumplieron 100 días del primer caso oficial de coronavirus en Colombia.

Tras una cuarentena estricta y costosa durante el mes de abril, la sociedad colombiana transita hoy hacia una reactivación de la economía en medio del crecimiento imparable de los contagios.

Si bien en comparación con otros países latinoamericanos el balance colombiano de casos y fallecidos refleja un manejo positivo, la cara regional de la pandemia genera preocupaciones en Bogotá, Barranquilla y otras ciudades.

Es evidente que este camino de la lucha contra la covid-19 apenas comienza pero ya, como sociedad, gastamos una de las armas más poderosas: la cuarentena total.
Las medidas tomadas por el Gobierno Nacional marcan en este junio, para todos los efectos, el fin del confinamiento tal como Colombia lo experimentó en abril.

Si bien encerrar a los colombianos evitó los escenarios sanitarios más desastrosos que se proyectaron hace 100 días y salvó incontables vidas, su costo en términos económicos fue alto. Todos los indicadores de la actividad productiva durante abril pasado- desempleo, consumo, industria, comercio minorista, exportaciones- dibujan un desplome histórico de la economía colombiana.

La nostalgia por el regreso a una cuarentena masiva, que frene contagios pero que hunda la economía, no puede guiar las acciones gubernamentales para hoy y los próximos meses. En especial, cuando una disparada de los casos podría regresar a las grandes ciudades, o al país entero a un nuevo e indeseable confinamiento.

En las últimas semanas el Gobierno Nacional ha expedido un alto número de decretos, lineamientos y protocolos para regular el retorno de algunos sectores productivos como la manufactura, el comercio y la construcción. Incluso ya se están dando los primeros pasos para el retorno de las clases presenciales de los colegios y jardines infantiles.

Sin desconocer la importancia de esta regulación, en especial para las condiciones de bioseguridad de la reapertura, es momento para el Gobierno de pasar de las autorizaciones burocráticas a la realidad de la reactivación en las fábricas, los talleres y los negocios.

Así como autorizar a reabrir no es lo mismo que efectivamente vender, decretar la reactivación no es igual a catalizarla con vehículos gubernamentales que complementen los planes de subsidios a la nómina y las líneas blandas de créditos.

Las ventajas de reducir el confinamiento a las poblaciones más vulnerables y a una mínima porción de teletrabajadores se concentran en asegurar la posibilidad de trabajar y operar en medio de la protección contra el contagio.

Pero prender de nuevo los motores económicos requiere tanto de decretos y protocolos sanitarios como de estímulos a los agentes de la economía y de ganar la confianza de los ciudadanos.

De poco sirve autorizar la reapertura de un sector productivo y su cadena si los clientes temen retornar a la actividad o simplemente ya no tienen ingresos para comprar. Se requieren acciones en esos dos frentes: blindar empleos y empresas así como enfrentar el comprensible miedo a salir del fin del confinamiento.

Hoy en varias grandes ciudades del país reina otra vez la confusión de cuándo se puede salir o abrir y, donde hay confusión, el riesgo de quedarse en casa y no salir a trabajar es alto.

Una cosa es ajustar las decisiones a las realidades regionales y otra dejar una colcha de retazos de restricciones y prohibiciones.

En el papel, el Gobierno Nacional ya ha autorizado al 80 por ciento de la economía a reabrir sus puertas y regresar a sus actividades, la realidad de las empresas y los trabajadores es mucho más compleja, confusa y dolorosa.

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