Francisco Miranda Hamburger
Editorial

El primer empleo

Para una juventud, en la condición de ni estudiar, ni trabajar, será difícil encontrar las rutas para la movilidad social. 

Francisco Miranda Hamburger
Director de Portafolio
POR:
Francisco Miranda Hamburger
enero 15 de 2020
2020-01-15 09:30 p.m.
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Todas las caras del desempleo son difíciles y preocupantes para la sociedad. Pero hay una que requiere especial atención: la desocupación juvenil.

De acuerdo al más reciente reporte del Departamento Administrativo de Estadística (Dane), para el trimestre móvil septiembre-noviembre de 2019 la tasa de desempleo de la población joven se ubicó en un 16,7 por ciento. Este porcentaje es 0,6 puntos más alto que el registrado para el mismo período de 2018.

Si esta tasa se desagrega por hombres y mujeres, confirmamos que las jóvenes son las más golpeadas por la falta de puestos de trabajo. Para las mujeres colombianas entre 14 y 28 años la desocupación es de 21,4 por ciento, más de ocho puntos porcentuales por encima de la tasa registrada para los hombres.

Si se tiene en cuenta que el dato de desempleo para noviembre pasado en Colombia fue de 9,3 por ciento, los jóvenes experimentan un registro casi el doble del total nacional.
Lamentablemente ésta no es una situación extraordinaria: la juventud, y en especial las mujeres jóvenes, sufren tasas de desempleo mucho más altas.

La problemática de la empleabilidad de los más jóvenes no es exclusiva de este gobierno ni de la sociedad colombiana. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) publicados el año pasado, la tasa de desempleo juvenil en América Latina está alrededor del 18 por ciento, la más alta desde 1991.

Aproximadamente 10 millones de jóvenes latinoamericanos y caribeños entre los 15 y los 26 años no consiguen incorporarse al mercado laboral. Además, ante el bajo crecimiento de la economía en la región, lo más probable es que estas tasas no tiendan a la baja.

Los impactos del desempleo juvenil con cara de mujer son múltiples. En primer lugar, la ausencia de puestos de trabajo para los jóvenes los termina llevando a la informalidad, la marginalidad y a la carencia de las mínimas protecciones laborales y de seguridad social.

Segundo, que la economía sea incapaz de generar los empleos para los jóvenes invita a preguntarse si las habilidades y destrezas que está enseñando el sistema educativo colombiano son las adecuadas para el actual mundo laboral.

En tercer lugar una juventud sin empleos dignos y formales- muchos condenados a la condición de ni estudiar, ni trabajar- encontrará más difícil encauzarse en los caminos de la movilidad social y del cumplimiento de sus sueños y aspiraciones.

Las protestas que sacudieron el país a finales del año pasado contaron con una masiva presencia de jóvenes que reclamaban mayores oportunidades de educación superior como de trabajo. Paralelo a este descontento generacional, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han transformado los escenarios laborales y las expectativas frente al sistema educativo.

El gobierno Duque ha empezado a implementar varias medidas como el decreto, derivado del Plan de Desarrollo, que ordena que el 10 por ciento de las plantas de las entidades estatales sean ocupadas por jóvenes entre 18 y 28 años, sin tener que acreditar experiencia.

Además, la reforma tributaria incluye otros impulsos al llamado “primer empleo”: deducción de los pagos a quienes contraten jóvenes menores de 28 años en su primer trabajo. Si bien la magnitud del problema es grande, hacer realidad lo más pronto posible estas medidas es un paso adelante.

Sin embargo, los retos para mejorar el desempleo juvenil son de tipo estructural. Incluyen, por ejemplo, fortalecer esa doble titulación para que los jóvenes aprendan habilidades técnicas en los colegios y actualizar la oferta educativa al nuevo mercado laboral de la tecnología y del internet. Los jóvenes necesitan rutas que les permitan pasar del estudio al trabajo.

Francisco Miranda Hamburger 
​framir@portafolio.co
Twitter: @pachomiranda

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