Ricardo Ávila

La mejor defensa

Ricardo Ávila
Exdirector de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
junio 29 de 2012
2012-06-29 01:44 a.m.
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Quien quiera creer que el descalabro que significó la hoy sepultada reforma a la Justicia sucedió sin pasarles la cuenta de cobro a sus protagonistas, no tiene más que mirar los datos de sendas encuestas aparecidas ayer.

Tanto en un sondeo hecho por Datexco para el diario El Tiempo y La W radio, como en el tradicional Gallup Poll, hay un descenso abrupto en los índices de aprobación del Presidente, las altas cortes y el Congreso.

En el Gallup, por ejemplo, la caída es de 16, 14 y 17 puntos porcentuales, respectivamente, algo que no tiene antecedentes recientes en este tipo de mediciones.

Como respuesta, se puede argumentar que la aplicación de los cuestionarios coincidió plenamente con la duración del escándalo en el Capitolio.

Puesto de otra manera, la opinión estaba ‘cargada de tigre’ cuando se le pidió que calificara la situación del país.

Ahora que el peligro de los ‘micos’ ha desaparecido no faltará quien diga que las aguas retornarán a su curso y todo volverá a ser como antes.

Tomar semejante actitud e ignorar las alarmas sería, sin embargo, un error garrafal. El motivo es que la herida producida fue tan profunda, que no solo tardará un tiempo largo en cerrarse, sino que será muy difícil de olvidar.

Recuperar la confianza de la ciudadanía solo se logrará con hechos y no con pronunciamientos, algo que debería ser motivo de reflexión tanto para los parlamentarios, como para magistrados y jueces.

Dicho lo anterior, el mayor damnificado de lo ocurrido es el Gobierno.

Y es que, en general, la gente ve la situación con un lente mucho más oscuro que antes, con lo cual pierde terreno desde la apreciación sobre la economía hasta la de la asistencia a la vejez, pasando por la inseguridad y la salud.

El cambio de prisma se resume en la contestación sobre si en el país las cosas están mejorando o empeorando: mientras en el Gallup los que creen lo primero bajan del 45 al 30 por ciento, los que piensan lo segundo aumentan del 37 al 54 por ciento, en comparación con abril.

Una irrupción semejante del pesimismo solo se había visto antes del 2002, cuando el país atravesaba por épocas mucho más aciagas que las actuales.

Existe el peligro, entonces, de que comience un círculo vicioso, en el cual las entidades estatales pierdan legitimidad a los ojos de la gente y, por ende, margen de acción a la hora de hacer su labor.

No menos inquietante es lo que le ocurre al Presidente de la República.

Para un país que se había acostumbrado a que el inquilino de la Casa de Nariño estaba amparado por una especie de teflón que lo mantenía indemne de cualquier escándalo, resulta novedoso que el escudo protector haya desaparecido.

Para resumirlo en una frase, el cierre de junio para Juan Manuel Santos es desastroso, pues la mayoría de notas que recibe son muy malas con unas pocas excepciones entre las que se destaca la política de vivienda.

Endilgarle al Primer Mandatario la culpa principal de lo sucedido puede ser muy injusto, pero así son las cosas en una nación en la cual es común que el jefe del Estado pague los platos que otros rompen. En consecuencia, el Gobierno tiene que pasar a la ofensiva, tanto en materia mediática como administrativa, con una mayor concentración en la agenda interna y menos compromisos internacionales.

Justo cuando la tormenta económica en el exterior arrecia, es necesario que la administración mejore sus índices de ejecución y empiece a mostrar resultados concretos, después de tanto anuncio. Para comenzar, no estaría de más sentar al Gabinete en estas semanas de receso legislativo y exigir más coordinación y efectividad, tanto de los ministros como de los funcionarios al hacer su labor.

El desplome de la favorabilidad es inquietante, pero no irreversible si se reeditan los principios del Buen Gobierno y se recuerda que, también en esta materia, la mejor defensa, es el ataque.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

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