Ricardo Ávila
Editorial

A destapar las cartas

El Gobierno debería dar a conocer, cuanto antes, el texto de la reforma tributaria, si no quiere que la propuesta esté destinada al fracaso.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
agosto 26 de 2018
2018-08-26 07:48 p.m.
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A juzgar por lo que se lee en las redes sociales, el régimen tributario en Colombia cambió. Más de un comentarista asegura que como por arte de magia, el gobierno de Iván Duque no solo volvió realidad su promesa electoral de bajarles las cargas a las empresas, sino que comenzó a aplicarle el IVA a los productos que hoy se encuentran excluidos o exentos de ese gravamen. En consecuencia, y de acuerdo con esa línea de pensamiento, los ricos serán todavía más ricos mientras que los pobres ‘llevarán del bulto’, para usar la expresión coloquial.

La realidad es distinta. Es verdad que la administración actual se ha comprometido con presentar un proyecto de reforma para que sea discutido en el Congreso. También es cierto que el Ministro de Hacienda viene señalando los elementos principales que tendría su propuesta, la cual se metería con impuestos directos e indirectos, además de herramientas tecnológicas y otras medidas orientadas a combatir la evasión.

No obstante, con excepción de un puñado de funcionarios, nadie puede decir que conoce la iniciativa –cuyo texto está escrito– o que en el Capitolio los parlamentarios se limitarán a aprobar a ojo cerrado lo que plantee el Ejecutivo. Por ese motivo, sería ideal que el debate tenga lugar sobre bases ciertas y no apoyado en especulaciones.

Para que el nivel de la discusión suba, el Gobierno no tiene otra opción diferente a la de destapar sus cartas y mostrar el articulado, ojalá esta misma semana. De lo contrario, si se espera hasta finales de septiembre, es probable que exista un bloque opositor de tal magnitud que condene la reforma al hundimiento, sin que siquiera se analice.

Lo anterior obliga a diseñar una estrategia de comunicación que involucre directamente al presidente Duque. Esta debería partir de presentar la situación de forma descarnada. Los técnicos saben que la salud fiscal de Colombia es mala, pero el público se acostumbró a creer que ningún sacrificio será necesario si se acaba la ‘mermelada’ y los evasores cumplen plenamente con sus obligaciones.

Cambiar dicha percepción le exige al mandatario señalar que hay que hacer una cirugía profunda que comienza con el combate a la corrupción y el control del gasto público, pero que pasa también por un aumento importante en los ingresos estatales. Hay que señalar que cruzarse de brazos no es una opción, pues un déficit mayor en las cuentas públicas impactaría negativamente el crecimiento de la economía y los indicadores sociales.

No menos importante es decir que el sistema actual es regresivo. El nivel de desigualdad del país, antes del cobro de impuestos, es muy similar al de naciones como Alemania y Gran Bretaña. La diferencia es que una vez se reciben los tributos y se redistribuyen, la inequidad en el Viejo Continente cae sustancialmente, mientras que aquí es la misma. Defender, por lo tanto, el statu quo, es abogar en favor de que las cosas sigan como están, comenzando por la disparidad.

Para que exista un cambio verdadero, hay que partir del diagnóstico de Alberto Carrasquilla. El Minhacienda comprueba que la tasa impositiva que pagan las empresas es muy elevada, que los individuos de altos ingresos tributan poco, que la clase media aporta menos de lo que debería y que las exenciones del IVA favorecen a los más ricos.

Dicho mensaje debe transmitirse de manera clara y didáctica. Solo así será posible otorgarle a la reforma tributaria alguna probabilidad de que salga adelante. Mantener el silencio y dejar todo en manos del equipo económico es condenar la iniciativa al fracaso, por cuenta de una opinión desconfiada y un Congreso hostil que exige cuotas burocráticas. Y aunque Iván Duque puede no querer gastarse su popularidad –ya en descenso–, si se queda callado lo más posible es que se quede sin el pan y sin el queso.

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