Ricardo Ávila
Editorial

Con el dedo hacia abajo

El uso irregular de datos de los usuarios de Facebook no solo ocasionó pérdidas, sino que abrió el debate sobre la privacidad de la información.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
marzo 21 de 2018
2018-03-21 09:06 p.m.
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El pasado fin de semana los diarios The New York Times y The Observer publicaron una primicia mundial: datos de 50 millones de usuarios de Facebook habrían sido irregularmente usados por una firma consultora de la campaña presidencial de Donald Trump. Un empleado y fundador de la empresa británica Cambridge Analytica, contó a los periodistas cómo información en los perfiles de esta red social fue destinada a estrategias proselitistas a favor de actual ocupante de la Casa Blanca.

La investigación ha desatado, en pocos días, la peor crisis reputacional y corporativa que ha enfrentado el gigante de las redes sociales. Fundada en el 2004, Facebook, junto a Google y Amazon, conforman lo que The Economist llamó los “titanes” de la tecnología, cuyo poder sobre el mercado ya empezó a ser preocupante. La plataforma recoge hoy reportes de los gustos, estilos de vida y consumo, y hasta las tendencias políticas de sus más de 2.000 millones de usuarios.

Es precisamente la manipulación irregular –y quizás ilícita– de esa información lo que hoy tiene a la firma en la mira de los reguladores a ambos lados del Atlántico. De hecho, las denuncias mediáticas llevaron a que miembros del parlamento británico llamaran a declarar a Mark Zuckerberg, creador de la red social. La Comisión Europea y la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos anunciaron investigaciones contra la empresa por lo sucedido.

Y el castigo de los mercados no se ha hecho esperar. Desde cuando estalló la historia, el valor de Facebook en la bolsa de valores pasó de 537.686 millones de dólares el viernes 16 de marzo a 492.078 millones ayer. El daño reputacional no sale barato.

Aunque el episodio de ahora es el más sonado y su costo no tiene paralelo, la verdad es que la compañía, con sede en California, lleva más de dos años en el ojo del huracán.
Primero se destapó la acusación de que los editores de las funciones de noticias en la red social borraban algunas. Después, la plataforma en cuestión fue identificada como el escenario favorito de la campaña de desinformación montada por los rusos para favorecer al candidato republicano en la campaña del 2016.

En el corazón de la situación está un dilema que aún no ha sido resuelto: ¿es la red social un medio de comunicación y como tal debe regirse por el compromiso con la veracidad y exactitud de sus contenidos? El creciente debate forzó a Zuckerberg a introducir medidas como la verificación de ciertas publicaciones. Este fact-checking, como le llaman en Estados Unidos, es contratado con organizaciones profesionales e independientes.

Al problema anotado se le ha sumado uno más grave: el de la protección de los datos. Una de las promesas de Facebook a sus usuarios es la capacidad de que la información de sus perfiles no sea manipulada ni usada sin su permiso. La piedra angular del modelo de negocios –y la razón por la que el servicio es gratuito– es que la compañía puede emplear todos esos datos de manera comercial, pero con algunas restricciones.

Ahora resulta que no es así, lo cual vuelve a poner sobre el tapete el tema de la privacidad y lo que puede suceder cuando esta deja de existir. Más allá de hacer dinero por cuenta del conocimiento que se tiene de millones de personas, queda claro que la información se puede utilizar para otros propósitos, comenzando con el político.

La crisis es muy seria y todavía no termina. Las revelaciones y los peligros potenciales están empezando a generar llamados para que los gobiernos impongan una mayor regulación a las redes sociales, además de crearles enormes dolores de cabeza a los inversionistas. No es claro cuál sea el desenlace, dado el inmenso poder de cabildeo del sector, pero lo que es seguro es que este escándalo no fue el primero y tampoco será el último.

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