Ricardo Ávila
Editorial

El valor de la confianza

El deterioro en la percepción que tienen los consumidores, respecto a la situación actual y las perspectivas del país, es una nueva señal de alerta.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
mayo 19 de 2019
2019-05-19 05:10 p.m.
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La ilusión duró poco. Así podría resumirse el sentimiento de los analistas tras observar el comportamiento del índice de confianza del consumidor elaborado por Fedesarrollo, que en abril regresó con fuerza al terreno negativo, tras estar en negro durante la medición de marzo. El guarismo también es muy inferior al reportado en igual lapso del 2018, lo cual enciende una luz de alerta.

El motivo es el comportamiento de la demanda interna, que es el que usualmente marca el ritmo del crecimiento económico. Múltiples investigaciones académicas confirman que las percepciones sobre la situación personal o general influyen sobre las decisiones de compra de las familias. En la medida en que el entorno se vea más complejo, por simple cautela la gente se abstendrá de usar el dinero para adquirir ciertos bienes o servicios.

Determinaciones de más trascendencia, como buscar casa o cambiar de carro, tienden a posponerse si los individuos consideran que hay nubes de tormenta en el horizonte. Comprometerse con un nuevo activo y endeudarse a varios años, implica que una persona cree que tendrá cómo responder en el futuro.

Y la lectura actual no es buena. Tal vez lo más inquietante es que ante la pregunta de sí a su hogar le está yendo mejor o peor que hace un año, quienes contestaron la encuesta de Fedesarrollo se inclinaron de manera mayoritaria por la segunda opción. La brecha entre respuestas negativas y afirmativas pasó de 6,6 a 18,4 puntos porcentuales de un mes a otro.

Para colmo de males, las expectativas también se han deteriorado. Todavía son más los que piensan que dentro de un año estarán mejor económicamente, pero los 21 puntos porcentuales de diferencia en abril se comparan desfavorablemente con los 28 de doce meses atrás y los 32 de marzo. Parafraseando la conocida expresión, la esperanza no se ha perdido, pero es menos evidente.

Más inquietante aún es la visión del país. En concordancia con otros sondeos, este confirma que el pesimismo se ha acentuado. Buena parte del deterioro se concentra en Bogotá, con sus complejas realidades locales. Tampoco se puede desconocer que mientras los que pertenecen al estrato socioeconómico alto se sienten mejor, los del medio y bajo consideran que las cosas van más mal que antes.

Los motivos del bajonazo son varios, según los conocedores del asunto. En el frente de la economía hay un deterioro del mercado laboral que se expresa en una tasa de desempleo al alza. Ver al vecino, al familiar o al amigo quedarse sin trabajo da lugar a una sensación de inseguridad, incluso para aquellos que cuentan con un buen empleo.

Por otra parte, episodios de orden público o de polarización política pueden influir sobre la actitud de la ciudadanía. La prolongada crisis de Venezuela y sus claras repercusiones en Colombia son un elemento más que complica la mirada al presente y el porvenir. Incluso, el deterioro del entorno internacional incide para que todo se observe con un lente oscuro.

No es la primera vez en la historia reciente del país que ocurre una situación familiar. En otros momentos, los encargados de la economía han tratado de actuar como terapeutas para poner las dificultades en perspectiva y asegurar que hay un rumbo que permitirá sortear obstáculos. Se trata, en últimas, de inspirar confianza.

Sin embargo, eso será duro si el Ministerio de Hacienda continúa actuando de manera silenciosa y desconociendo esa máxima que dice que las comunicaciones efectivas logran resultados. Otros funcionarios tampoco ayudan a mostrar que hay un norte. Debido a ello, Iván Duque se ha convertido en el principal y, a veces, único vocero de la economía. Pero convencer a la opinión le quedará más difícil si su equipo lo sigue dejando solo.

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