Ricardo Ávila
Editorial

Mejor que hablen las cifras

A menos que una auditoría especializada lo diga, sembrar dudas sobre el trabajo del Dane es un riesgo que puede salir muy costoso.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
octubre 02 de 2018
2018-10-02 09:05 p.m.
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Cuando sucedió el cambio de gobierno, no faltaron los debates en el seno del Centro Democrático por cuenta de la afirmación de Iván Duque en el sentido de que no usar el espejo retrovisor durante su mandato. Según el Presidente, en lugar de mirar hacia atrás, había que hacerlo hacia adelante y concentrarse en sortear los retos existentes.

Que no todos compartían esa postura fue algo que quedó claro el siete de agosto cuando el presidente del Senado, Ernesto Macías, pronunció un discurso con tono de denuncia sobre las falencias en la gestión de Juan Manuel Santos. No obstante, en los días siguientes los señalamientos de ese estilo prácticamente desaparecieron, más allá de una que otra queja puntual.

A la luz de esa realidad, fueron muchos los sorprendidos cuando la liebre saltó por donde menos se esperaba. En varias entrevistas el nuevo director del Dane abrió puntos de interrogación con respecto al trabajo de la entidad encargada de producir estadísticas relacionadas con más de 20 áreas temáticas.

Los cuestionamientos comenzaron con el censo de población, pero rápidamente abarcaron otros campos. Aparte de aceptar un error en las cifras del Producto Interno Bruto (PIB) a nivel departamental, el manto de duda se extendió al censo agropecuario y a la propia independencia de la institución. En más de una ocasión se señaló la falta de rigor y la necesidad de recuperar credibilidad, ante lo cual no solo la comunidad académica que lee los registros oficiales, sino el propio ciudadano de a pie se pregunta, no sin razón, si la información que se conoció en los últimos años estaba amañada.

Especialmente grave es la afirmación publicada en El Tiempo de que el Dane “pese a su responsabilidad de entregar el dato de pobreza al país, el del 2017 lo sacó Prosperidad Social, con manejos políticos incómodos”. De llegarse a comprobar semejante aseveración, el escándalo sería enorme.

Lo curioso es que en tiempos recientes, la labor del Departamento Administrativo salió bien calificada en dos evaluaciones, una de la Ocde y otra del BID. Los documentos son públicos y no solo destacan las capacidades técnicas y profesionales existentes, sino que ubican al ente colombiano en la región como el segundo de mayores capacidades, después de México y por encima de Brasil o Chile.

Por otra parte, el Fondo Monetario Internacional acompañó el proceso de cambio del año base del sistema de cuentas nacionales, que sirve, entre otras, para calcular el PIB. Las metodologías usadas reflejan criterios aceptados entre los estudiosos del tema por lo cual no parece haber gato encerrado. En cuanto a la cifra de pobreza, la evidencia disponible es que esta se calculó de la misma forma, que precisó una misión técnica convocada en su momento.

El debate en torno al censo de población apenas comienza, pero personas familiarizadas con el proceso aseguran que la selección de los encuestadores fue seria y que la trazabilidad existe. Tampoco parece ser un descalabro que el conteo de más del 10 por ciento de los colombianos haya sido de manera electrónica. Habrá que entender, claro, si la cifra final difiere de las proyecciones.

Dicha discusión debería suceder en un ambiente técnico y no político. Sembrar dudas –a menos que una auditoría especializada las confirme– afecta un patrimonio colectivo, que permite tomar decisiones bien fundamentadas.

Lo anterior no esconde que el Dane puede mejorar, sobre todo si logra superar la limitante de los recursos escasos y conseguir una mayor autonomía. Sin embargo, eso es muy diferente a cuestionar su credibilidad desde adentro. Más que buscar figurar, el actual Director de la institución debe mantener la casa en orden y hacer su trabajo. Por andar viendo el retrovisor, corre el peligro de no mirar para dónde va.

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