Ricardo Ávila
Editorial

Un asunto de todos

Los gobiernos, el sector privado y la comunidad internacional deben tener claro el reto que enfrenta América Latina ante el éxodo en Venezuela.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
abril 16 de 2019
2019-04-16 09:25 p.m.
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Que el creciente éxodo de venezolanos es uno de los grandes desafíos que enfrenta América Latina por las enormes implicaciones que esto conlleva, es un asunto que estuvo presente en las recientes reuniones de primavera del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Un video desgarrador sobre los migrantes y la esperanzadora historia de la ministra de Género y Desarrollo Internacional de Canadá, Maryam Monsef –de origen afgano y refugiada en ese país–, despertaron la sensibilidad del auditorio, en donde uno de los panelistas fue el ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla.

Latinoamérica ya no será la misma después de Venezuela, expresó el representante de Naciones Unidas, encargado de coordinar las acciones frente a la migración. Aseguró además, que se trata de un tema de mediano plazo, y que los gobiernos y el sector privado de países receptores, así como la comunidad internacional deben tener ese horizonte en mente.

Por ahora, dada la magnitud y la velocidad de la migración, los gobiernos están haciendo esfuerzos ingentes para acoger a quienes llegan en extrema condición de vulnerabilidad, extendiendo servicios migratorios, salud, educación y vivienda, principalmente.

Los efectos se empiezan a sentir en el frente fiscal y en el empleo. Por ejemplo, el gobierno colombiano decidió alejarse temporalmente de la ruta de la regla fiscal y las cifras del mercado laboral se ven impactadas por la presión de quienes han venido en busca de oportunidades. Otros países como Ecuador, Brasil y Argentina, donde la migración ha sido menor, también han desplegado acciones similares para atender la crisis humanitaria. El fenómeno no ha cedido y seguirá hasta cuando la situación política del vecino país se estabilice.

La ministra de Canadá lo dijo claramente, aunque el anhelo de todo migrante o refugiado es volver a su país, la experiencia internacional apunta a que eso no es ni fácil ni rápido. Muchos de los que huyen de sus naciones se quedan en los lugares receptores. La buena noticia es que, como lo demuestra la experiencia internacional, en el mediano plazo hay un efecto económico positivo. En el caso de Colombia, antes del choque venezolano, las estimaciones de crecimiento del PIB potencial mostraban una tendencia débil, debido al bajo incremento proyectado de la fuerza laboral. La migración del país vecino compensaría parcialmente esa tendencia y ayudaría al crecimiento económico.

Por supuesto, los retos son enormes, y el principal es el financiamiento. Para empezar, no resulta fácil extender ayuda directa a los países receptores, como tampoco a Venezuela, al no ser Estados de ingreso bajo pertenecientes al IDA (International Development Association) por lo que solo podrán recibir créditos estándares o concesionales. Con la convicción de que el deber es acoger y dar una oportunidad a los migrantes, el esfuerzo tendrá que hacerse internamente. No hay otra alternativa.

Colombia accedió a un crédito concesional de 30 millones de dólares, coordinado por el Banco Mundial, pero esos recursos son pocos frente a las necesidades, calculadas por el gobierno en cerca de 1.500 millones de dólares al año.

Esto muestra la voluntad de la banca multilateral y la comunidad internacional de trabajar coordinadamente para definir la hoja de ruta de la recuperación económica e institucional, la cual exigirá un monto importante de dinero. No obstante, se encuentran con el mismo dilema, es decir que solo se pueden hacer llegar recursos de crédito. Al respecto, el ministro Carrasquilla llamó la atención sobre el papel del sector privado en la recuperación de Venezuela. El consenso es que todos deben estar listos para cuando sea el momento, así por ahora este sea incierto.

El mensaje final fue para cada ciudadano de los países receptores sobre el rol que juega en la integración cultural de la población migrante. En las familias, en el colegio, en las comunidades, en los sitios de trabajo urge reflexionar, sensibilizar y tomar acciones que redunden no solo en una vida menos ruda para quienes llegan, sino para evitar brotes de xenofobia.

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