Ricardo Ávila
Editorial

Un país de ‘suelo pegajoso’

Un trabajo que acaba de dar a conocer la Ocde dice que la movilidad social es baja en Colombia y afecta sobre todo a los más pobres.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
junio 25 de 2018
2018-06-25 07:50 p.m.
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A mediados de este mes, la Ocde publicó su más reciente trabajo sobre temas relacionados con desigualdad, un asunto del cual viene ocupándose desde hace décadas. Con el sugerente título de ‘¿Un ascensor social dañado?’, el reporte en cuestión se enfoca en la movilidad, entendida como la capacidad que tiene un país determinado de ofrecerles a sus ciudadanos la posibilidad de mejorar lo que ganan y alcanzar un bienestar más alto.

La preocupación de la entidad con sede en París es justificada. Los datos muestran que la diferencia en ingreso promedio disponible entre el 10 por ciento más rico y el 10 por ciento más pobre de la población –en las tres docenas de economías que componen la organización– es de nueve veces y media. Semejante brecha no solo es amplia sino que muestra tendencia a aumentar: 25 años atrás la razón era de siete a uno.

Como si lo anterior no fuera grave, la fotografía es peor cuando se mira la riqueza acumulada. En este caso, el 10 por ciento que está arriba posee la mitad del patrimonio en las naciones del grupo que comprenden a las más ricas del planeta, incluyendo también a algunas emergentes. Por su parte, el 40 por ciento de abajo tan solo es dueño del 3 por ciento de los bienes.

Semejante distribución de la torta hace que las posibilidades de progreso de los individuos varíen en forma sustancial, pues existe una especie de determinismo asociado al origen de cada uno. Los niños cuyos papás no terminaron el bachillerato tienen el 15 por ciento de posibilidades de llegar a la universidad, una cuarta parte de aquellos con al menos un padre que alcanzó la educación superior.

Si esa foto es preocupante y plantea múltiples inquietudes sobre cómo están las cosas en el mundo, lo poco que se afirma de Colombia es francamente deprimente. Así lo confirma un cuadro sobre movilidad intergeneracional que abarca a una treintena de países y muestra cuántas generaciones se demora alguien nacido en el 10 por ciento más pobre para alcanzar el ingreso promedio respectivo. De tal manera, en Dinamarca la cifra es dos, mientras que en España llega a cuatro y a cinco en Estados Unidos. En nuestro caso el dato es once, el peor de todos, por encima de Suráfrica, Brasil o Indonesia.

Lo anterior quiere decir que el lapso para ascender a la media nacional es de 300 años. Puesto de otra manera, un padre colombiano que está en la parte más baja de la pirámide de ingresos cuenta con bajísimas probabilidades de que sus tataranietos estén en mucha mejor condición que él. La razón es que la tasa de avance es tan lenta que ascender la cuesta se vuelve casi interminable.

Diferentes investigaciones académicas confirman ese inquietante parte. En el 2012 un informe de Alejandro Gaviria y otros expertos mostró que en Colombia existe movilidad social, pero que es inferior a la de sus pares latinoamericanos. Sin desconocer que la tasa de pobreza es hoy casi la mitad de la observada a comienzos del siglo, aquí hay lo que se conoce como “suelo pegajoso”: quien nazca en condición de miseria está destinado a seguir en la marginalidad.

Son varias las maneras de romper esa cadena. La más apropiada es la educación, que debe comenzar con la primera infancia. Lamentablemente, lo que muestra la práctica es que la calidad de la enseñanza en el territorio nacional muestra una distancia abismal entre zonas urbanas y rurales. También, los impuestos y el gasto público focalizado son claves para acabar con las llamadas “trampas de pobreza”.

Pensar que una buena tasa de crecimiento es suficiente para que las cosas mejoren resulta equivocado a la luz de la evidencia. El conocido desarrollo por goteo no basta y menos en una sociedad inequitativa como la colombiana, en la cual el ascensor parece haber estado descompuesto desde hace rato.

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