Ricardo Ávila

Sembrar para cosechar

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
mayo 04 de 2014
2014-05-04 10:58 p.m.
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Aquel conocido dicho según el cual ‘lo urgente no deja espacio para lo importante’, bien podría aplicársele al tema agrario, ahora que una nueva protesta campesina ha vuelto a poner a la defensiva al Gobierno.

Aunque la dimensión de las marchas y los bloqueos es mucho menor que en agosto pasado, suena innegable que la turbulencia debe ser atendida, y no solo por razones electorales, nacidas de las consecuencias políticas que se pueden derivar de la situación.

El motivo central debería ser la búsqueda del desarrollo de las zonas rurales, donde confluyen buena parte de los males que afectan a Colombia. Entre estos se incluyen elevadas tasas de pobreza, una pésima distribución de la riqueza, presencia de actores violentos y, en general, pocas oportunidades de progreso.

El deterioro, a decir verdad, no es nuevo. Un documento reciente de Fedesarrollo, que servirá como base para un debate con candidatos presidenciales –organizado con Portafolio– el próximo 16 de mayo, muestra cómo la participación del sector en el Producto Interno Bruto ha disminuido de 25 por ciento, en 1965, a 6 por ciento, en el 2012.

A partir de 1990, el promedio de crecimiento de las actividades del campo ha sido del 2,2, muy por debajo del ritmo de la economía colombiana como un todo.

La gran contradicción es que el país cuenta con las condiciones naturales para ser una potencia en la materia, consistentes en tierras fértiles y agua abundante.

Tales activos son aún más valiosos, justo cuando las proyecciones disponibles señalan que el consumo de alimentos en el mundo crecerá de forma sustancial en los años que vienen, como consecuencia del incremento en el tamaño de la población del planeta y la expansión de la clase media en las naciones emergentes.

La presencia de una mayor demanda ha llevado a expandir la frontera agrícola en varios países latinoamericanos. Brasil, Argentina, Perú y Chile se cuentan entre aquellos que hoy abastecen de manera creciente a mercados de otras latitudes.

También en Centroamérica comienzan a desarrollarse inversiones cuantiosas con el mismo propósito.

¿Cuál es la razón, entonces, de que Colombia siga estancada y cultive apenas una cuarta parte de las extensiones que podría sembrar?

Los diagnósticos son numerosos y tienen que ver con múltiples causas. Fedesarrollo identifica factores como una política comercial equivocada, bajos niveles de investigación, un gasto público modesto, una elevada concentración de la tierra y un marco institucional deficiente, entre otros.

Sin entrar a analizar cada uno de ellos, vale la pena insistir en dos que han sido mencionados por cuenta del paro agrario.

El primero es la necesidad de hacer más investigación aplicada. De manera silenciosa, Corpoica experimenta una importante reactivación que se expresa en soluciones claves en favor de sembrados como palma, caña panelera, yuca, maíz y algodón.

Esta labor requiere, ante todo, continuidad y mayores recursos, aparte de un rol formal de liderazgo. Irónicamente, esas posibilidades se ven amenazadas por quienes quieren que los recursos disponibles se dediquen especialmente a subsidios y no a una política que rendiría frutos mucho más importantes.

El debate lleva, precisamente, al segundo punto, como es el uso de los dineros estatales. Diversos trabajos muestran que Colombia se gasta la mayoría de los fondos para el ramo agropecuario en ayudas directas a los productores, lo cual contrasta con lo que hacen sus vecinos latinoamericanos, que son descritos como casos de éxito.

Estos últimos, en cambio, se concentran en lo que se conoce como el desarrollo de bienes públicos: investigación científica, apoyo técnico e infraestructura, consistente en distritos de riego y mejora de vías secundarias y terciarias.

Para dar un ejemplo, sirve más una carretera que abarate costos de transporte, que darle dinero a un productor agrícola que siga con las mismas ineficiencias de siempre.

Dicha reflexión es válida ahora que el sustancial incremento en el presupuesto del Ministerio de Agricultura se está gastando, sobre todo, en lo que no toca: tapar ciertos problemas con plata, sin que las verdaderas soluciones de fondo echen raíces.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto

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