Ricardo Ávila

Trabas en el sur

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
enero 15 de 2014
2014-01-15 03:01 a.m.
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Las alarmas empezaron a sonar a finales del año pasado. El motivo fue la expedición en diciembre de una serie de resoluciones por parte del Instituto Ecuatoriano de Normalización (Inen), orientadas a normas técnicas a las cuales se deberían someter los productos que se importen al país vecino.

Entre los primeros artículos objeto de dichas disposiciones quedaron incluidos los cosméticos, las prendas de vestir y las baldosas cerámicas. Pocos días después, el Comité de Comercio Exterior estableció el control previo para 293 subpartidas arancelarias –que incluyen un buen número de bienes alimenticios– todas obligadas a ajustarse a cerca de 120 reglamentos establecidos por el Inen y que deberían cumplirse antes de llegar a los puertos ecuatorianos.

Aunque a primera vista, cualquier nación está en su derecho a la hora de pedir que la calidad de lo que se traiga de otras latitudes sea buena, el problema es que algunos de los procedimientos a seguir no están definidos. Debido a ello, el efecto práctico es que un buen número de productos desaparecerán de los anaqueles o tendrán que ser sustituidos localmente, si es posible.

Una de las primeras afectadas fue la firma Burger King, que durante algunos días se vio obligada a vender hamburguesas con pollo, ante la dificultad para sacar de la aduana la carne que usa para algunos de sus platos emblemáticos como la Whopper.

Si bien la emergencia fue superada, el mensaje de las autoridades es que en un futuro no muy lejano, los principales componentes del menú que ofrece la multinacional deberán tener origen ecuatoriano, lo cual se extiende hasta las papas fritas.

Pero más allá de haber mostrado cierta disposición a flexibilizar en parte las medidas -sobre todo en aquellos sectores que se comprometan con generar mayor valor agregado-, el mensaje de fondo que viene de Quito es el mismo: hay una oleada proteccionista que busca restringir las importaciones.

Las razones son varias y comienzan con el tinte nacionalista que ha identificado al gobierno de Rafael Correa, quien hoy cumple siete años en el poder. Pero más recientemente las presiones macroeconómicas han empezado a aumentar, por cuenta de un déficit comercial creciente, que hasta octubre el año pasado superaba los mil millones de dólares.

Dado el escaso acceso de Ecuador a los mercados internacionales de capitales o los bajos niveles de inversión extranjera, un saldo en rojo en el intercambio de productos es una mala noticia. En un caso extremo, el desfase haría insostenible el modelo de dolarización que en su momento permitió superar la hiperinflación y que tiene un gran respaldo popular. Por tal motivo, la política se ha orientado a restringir las compras externas, abusando de mecanismos que rompen con las reglas de la Organización Mundial de Comercio y de la Comunidad Andina.

Mientras se presentan los recursos y van y vienen las comunicaciones entre los gobiernos, los exportadores colombianos no esconden su preocupación. Hasta noviembre del 2013, las ventas a la nación vecina ascendían a 1.805 millones de dólares, de los cuales 134 millones correspondían al capítulo de ‘aceites esenciales, perfumería y cosméticos’. Si se incluyen otros rubros que han sentido las restricciones como textiles, confecciones y vehículos, el daño potencial ascendería a varias veces esa suma.

En consecuencia, Bogotá tiene que expresar su preocupación ante una realidad que ya tiene el carácter de preocupante, a pesar de que las disposiciones son de tipo general y no particular. Es verdad que desde hace tiempo la balanza comercial bilateral es favorable a Colombia, pero también lo es que si se incluyen los flujos de turismo e inversiones, la brecha es mucho menor. Por tal razón, lo que conviene a ambas partes es remover los obstáculos y no comenzar con restricciones que se sabe cuándo comienzan, pero no dónde acaban.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter:@ravilapinto

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