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Francisco Miranda Hamburger
Editorial

Un drástico ajuste

Elevar el costo del dinero va en contravía del aumento en las inversiones, requerido para sostener el ritmo de la recuperación de la economía.

Francisco Miranda Hamburger
Director de Portafolio
POR:
Francisco Miranda Hamburger
enero 30 de 2022
2022-01-30 07:51 p. m.
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El pasado viernes, en su primera reunión del año, la junta directiva del Banco de la República aprobó, con cinco votos a favor, aumentar la tasa de intervención en un punto porcentual para llegar al 4 por ciento. Esta decisión, aún más alta que el alza de 0,75 por ciento que esperaban la mayoría de los analistas del mercado, continúa con la tendencia de normalización monetaria y cuya magnitud no se había registrado desde hace casi dos décadas.

El Emisor justificó este drástico ajuste dentro de los esfuerzos para controlar la disparada de la inflación en el país, que alcanzó un nivel anual en 2021 de 5,62 por ciento, junto a otros elementos como el ritmo de expansión de la economía y el endurecimiento del ambiente financiero internacional en los próximos meses. Esta subida de tasas va en sintonía con decisiones similares de bancos centrales en América Latina. La semana pasada Chile subió 1,5 por ciento para llegar al 5,5 por ciento y la tasa en Brasil está en 9,25 por ciento. México y Perú también han marcado la misma senda.

El “mantenimiento de la capacidad adquisitiva de la moneda” es un mandato constitucional para el Banco de la República y un eje central dentro de su diseño institucional de banco central independiente. Precisamente esa independencia y la bondad de ese arreglo -puesta en duda hace unos meses por voces críticas ante la designación de varios codirectores- queda ratificada en decisiones como la del viernes pasado.

De hecho, pocos días antes el presidente Iván Duque había pedido a la junta directiva del Emisor “finura” en el alza de las tasas “para mantener la reactivación”. Subir 100 puntos básicos evidentemente no responde a ese pedido, que comparten no solo la Casa de Nariño sino los actores empresariales y gremios de la producción. Elevar el costo del dinero va en contravía del aumento en las inversiones, requerido para sostener el ritmo de la recuperación de la economía, así como la generación de nuevos puestos de trabajo.

Es innegable que la inflación que hoy sufre Colombia, impulsada por los alimentos y los altos costos internacionales de insumos y materias primas, golpea con mayor severidad a los hogares más pobres. Esto les impide a esos colombianos un mayor disfrute de los beneficios del dinamismo económico e impacta la confianza. Con este tipo de medidas el Banco de la República está cumpliendo con su misión de enfrentar estas presiones inflacionarias, así como cumplió a cabalidad con su rol en el momento que la pandemia hundió la actividad económica en el mayor hueco de la historia reciente.

No obstante, la pregunta que queda es si estos ajustes de tasas serán suficientes para controlar un fenómeno con raíces internacionales y unas características distintas a las disparadas inflacionarias de las últimas tres décadas. En otras palabras, cuando esta subida de precios responde a disrupciones de la cadena de suministros y choques globales de oferta, ¿el abordaje tradicional, que sirvió en coyunturas anteriores, será suficiente?

Otra reflexión crucial es qué tan dispuestos podrían estar los colombianos de soportar un nivel de precios más alto del normal en aras de continuar creciendo, mantener el ritmo de la reactivación y crear más puestos de trabajo. El momento que hoy atraviesa la economía nacional invita a no escatimar esfuerzos en atraer y aumentar las inversiones, en fortalecer el consumo, en seguir reduciendo el desempleo y en robustecer la recuperación.

FRANCISCO MIRANDA HAMBURGER
framir@portafolio.co
Twitter: @pachomiranda

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