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Francisco Miranda Hamburger
Editorial

Un pulso largo

Para enfrentar la inflación hay que confiar en las autoridades monetarias, respetar las instituciones y recordar la disciplina de las últimas décadas.

Francisco Miranda Hamburger
Director de Portafolio
POR:
Francisco Miranda Hamburger
enero 06 de 2022
2022-01-06 10:17 p. m.
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El Índice de Precios al Consumidor (IPC), recién publicado por el Dane, confirmó la tendencia que se vino registrando durante el año pasado: una reactivación de la economía acompañada de una disparada en el costo de la vida. La inflación anual en 2021 alcanzó 5,62 por ciento -la más alta registrada en los últimos cinco años-.

El informe de diciembre ratifica que la subida de los precios está jalonada mayoritariamente por la división de gasto en alimentos y bebidas no alcohólicas -un aumento anual de 17,23 por ciento-. La carne de res, el pollo, la papa y los aceites, entre otros, son los protagonistas de una carestía que sienten la gran mayoría de colombianos cuando van a hacer el mercado.

Los hogares más pobres son los más perjudicados de este fenómeno con características globales. Dado que los alimentos ocupan un porcentaje importante de la canasta de los más humildes, el costo de vida configura un asunto de la mayor relevancia social, económica y política. De hecho, mientras en 2021 para los hogares ricos los precios subieron 4,39 por ciento, la inflación de los hogares pobres aumentó en un 6,85 por ciento.

El actual ambiente electoral, sumado a la sensibilidad de este tema que toca directa y duramente el bolsillo de los ciudadanos, invita a la mayor responsabilidad en su discusión pública. No sobra recordar que la reactivación de la economía global está generando fuertes presiones inflacionarias alrededor del mundo, con notable excepción de los países asiáticos.

Las disrupciones en las cadenas globales de suministro han afectado el comercio de insumos y la recuperación dinámica de la demanda frente a una oferta restringida ha elevado los costos de las materias primas. Los países latinoamericanos no son ajenos a estas tendencias. Por ejemplo, la inflación en Perú para diciembre rondaba el 6,4 por ciento mientras que en noviembre Chile marcó 6,8 por ciento, México 7,4 por ciento, Brasil 10,7 por ciento y Argentina, 51,2 por ciento.

En el frente local los impactos del paro nacional, en especial de sus bloqueos ilegales, contribuyeron no sólo a la subida descomunal de los precios de los alimentos -con el mayor nivel mensual del 2021- sino también a la distorsión de los ciclos productivos y logísticos. Que una economía asfixiada a la fuerza recupera mágica e inmediatamente su actividad tras levantar las barricadas es una idea que sólo contemplan los dirigentes políticos que justificaron esos cierres en su momento.

El carácter explosivo de la inflación como tema político en medio de la temporada electoral dificultará al máximo su abordaje técnico y ponderado. No obstante, nunca sobrará tanto analizar los factores locales y externos detrás del fenómeno como enmarcarlos en una perspectiva más amplia en el tiempo. Un IPC anual de 5,62 por ciento no es siquiera el mayor registrado en la última década y está muy lejos de los niveles de más del 30 por ciento de hace treinta años.

La pandemia ha desatado una inflación global con unas características específicas que los bancos centrales más poderosos del mundo debaten aún si son de naturaleza transitoria o permanente. Lo más probable es que esas presiones se mantengan en el corto plazo y el Banco de la República deba ajustar el ritmo de sus alzas a las tasas. Para enfrentar la inflación de hoy hay que confiar en las autoridades monetarias, respetar la independencia y credibilidad de esas instituciones y recordar la disciplina de las últimas tres décadas.

FRANCISCO MIRANDA HAMBURGER
framir@portafolio.co
Twitter: @pachomiranda

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