Eduardo Aldana Valdés
columnista

Hacia el diseño de un nuevo sistema de educación

La transición del enfoque de ‘abajo hacia arriba’, se basa en el crecimiento de las personas y en el fortalecimiento de las comunidades.

Eduardo Aldana Valdés
POR:
Eduardo Aldana Valdés
noviembre 26 de 2018
2018-11-26 09:26 p.m.
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En otra columna, insinué que es factible diseñar un modelo de educación que brinde oportunidades reales a la juventud más vulnerable para desarrollar su potencial. Como se trata de un sistema, es decir, de un conjunto de componentes interrelacionados, no se puede recurrir al procedimiento facilista de identificar los retos que enfrenta –las brechas entre lo que queremos y lo que percibimos como realidad– y proceder a superarlos de manera independiente. 

Ello podría tener consecuencias ‘contraintuitivas’ advertidas por el dicho: ‘el camino del infierno está empedrado con buenas intenciones’. Para aminorar ese peligro, es indispensable clarificar la ‘función esencial’ del sistema, integrar sus componentes en un ‘diseño idealizado’ y delinear la estrategia de búsqueda permanente del rumbo correcto.

Quizás uno de los retos más cruciales que enfrenta el país en su proceso de desarrollo se relaciona con la dependencia de nuestras comunidades subnacionales –barrios, veredas, municipios, provincias, departamentos y regiones–, en lo que quiera hacer por ellas, ‘generosamente’, el Gobierno Nacional. Alberto Lleras Camargo describió su origen en su discurso de posesión como rector de la Universidad de los Andes, en 1954:

Con esas experiencias… he llegado a la conclusión de que hay demasiado gobierno en el mundo, y entre nosotros no siempre por la sola culpa de los gobernantes, sino porque el ciudadano emplea sistemáticamente sus restos de libertad para pedir que lo gobiernen un poco más. En esto tampoco nos diferenciamos mucho de la Colonia. Somos aún como en el siglo XVI, un pueblo de memorialistas. Los grandes movimientos cívicos de nuestro tiempo, cuando las llamadas fuerzas cívicas se conmueven, agrupan y deciden dejarse de ruidos, culminan en un telegrama pidiéndole al gobierno que haga o prohíba algo. También los atribulados criollos de 1500 escribían memoriales por generaciones enteras pidiendo la construcción de un puente y anotando, lustro tras lustro, el número de víctimas de la corriente fluvial y la progresiva acumulación de perjuicios, sin que nadie intentara quitarle el privilegio al Rey de poner el primer ladrillo.

Cuando ya podía haber florecido en tierras de nuestra América una civilización menos centralizada, más audaz e imaginativa, vinieron las revoluciones y el Estado de guerra, totalitario naturalmente. Y más tarde el redescubrimiento del estatismo en la filosofía política de las extremas izquierdas y derechas que encajó a la perfección en nuestras tradiciones y el gusto providencial de los gobernantes.

La superación de este reto exige cambios adaptativos, como se denomina actualmente a aquellos que desafían la manera como las personas perciben la realidad. Son cambios difíciles, lentos y que requieren nuevas maneras de pensar y de aprender colectivamente. Son insustituibles en casos como el de nuestro sistema de educación, que presenta crisis recurrentes y conflictos endémicos. Uno de ellos es la transición del enfoque de ‘arriba hacia abajo’, que caracteriza a las estructuras de gobierno centralistas, por el de ‘abajo hacia arriba’, que se basa en el crecimiento de las personas y en el fortalecimiento de las comunidades para que se hagan cargo de su propio destino, razón de ser de un verdadero proceso de desarrollo.

Un corolario de esta reflexión es el deber del Gobierno Nacional de dotar a las provincias de una eficaz institucionalidad, empezando por la creación de entidades de desarrollo local-regional con una misión similar a la de los Innovar, descritos en la columna anterior.

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