Gabriel Rosas Vega

El reloj mecánico, un invento clave

Gabriel Rosas Vega
POR:
Gabriel Rosas Vega
enero 19 de 2012
2012-01-19 01:36 a.m.
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Al estudiar el desarrollo de los pueblos se suelen presentar casos a los cuales poca o ninguna atención se les brinda, pasando intrascendentes cuando se hace el balance de los factores que en su momento fueron determinantes para el desempeño de la sociedad.

Sin duda, las festividades de fin de año, sirven bien al propósito de desatrasarse en lecturas, desde luego, sin dejar de hacer algo por el espíritu –como asistir al extraordinario Festival de Música que se celebra en Cartagena–. En esta oportunidad, aparte de otros, leí un documento de Fareed Zacaria, ciudadano de nacionalidad India, radicado en Estados Unidos, cuyo título es El mundo después de USA.

El autor, en un esfuerzo encomiable, procura poner en contexto lo que en su sentir cabe esperar de la llamada tercera transformación, que es la situación en que cree estará EE. UU. dentro del nuevo paisaje global, donde el poder va cambiando y afloran riqueza e innovación en lugares inesperados.

Frente al inocultable avance de las economías China e India, y partiendo de la base que se ha vuelto lugar común afirmar que en realidad las dos eran tan ricas como Occidente hasta en los años 1.700 o 1.800, es aceptar que los avances científicos y tecnológicos que habían cambiado el panorama de esa parte del orbe en los 300 años anteriores, no habían tenido efecto sobre su condición anterior y no revisten sorpresa alguna.

Todo lo ocurrido era esperable.

Como lo anota el autor del texto, los avances científicos no se limitaron a crear nuevas máquinas, sino reestructuraron el marco mental de las sociedades occidentales.

Para ilustrar el punto, toma el caso del reloj mecánico, inventado en Europa en el siglo XIII y que el historiador Daniel Boorstin denomina “la madre de las máquinas”. Según su punto de vista, el reloj derribó los muros entre tipos de conocimiento, ingenio y destreza y los relojeros fueron los primeros en aplicar de forma consciente las teorías de la mecánica y la física a la fabricación de máquinas. Sus efectos más amplios fueron incluso más revolucionarios.

El reloj liberó al hombre de la dependencia del Sol y la Luna. Posibilitó ordenar el día, definir la noche, organizar el trabajo y –quizás lo más importante– medir el costo de la mano de obra al determinar el número de horas que se dedicaban al proyecto.

Antes del reloj, el tiempo no tenía un valor medible.

En el siglo XVI, cuando los portugueses lo llevaron a China, los relojes mecánicos europeos eran mucho más sofisticados que los toscos relojes de agua fabricados en Pekín.

Sin embargo, los chinos les otorgaron escaso valor, considerándolos juguetes y nunca se molestaron en aprender a manejarlos. Cuando llegaron a adquirir algunos, necesitaron que se quedaran unos cuantos europeos para hacer que sus inventos funcionaran.

En forma similar, cuando los portugueses llevaron cañones a Pekín 100 años después, tuvieron que suministrar operadores para las máquinas. China podía consumir tecnología moderna, pero no era capaz de producirla.

La mentalidad China en aquellos tiempos se entiende mejor luego de leer un párrafo de una comunicación enviada por el emperador Qienlong a Jorge III rechazando la solicitud de comercio de Gran Bretaña.

“Nunca hemos concedido mucho valor a los objetos raros e ingeniosos, ni necesitamos ninguna más de las manufacturas de vuestro país”.  Los chinos efectivamente habían cerrado sus mentes al mundo.

Gabriel Rosas Vega

Ex ministro de Agricultura

rosgo12@hotmail.com

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