Gabriel Rosas Vega

Tanto repicar y nada

Gabriel Rosas Vega
POR:
Gabriel Rosas Vega
agosto 30 de 2012
2012-08-30 01:24 a.m.
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Para nadie es una novedad oír la aseveración que dice: la educación es esencial para reducir la pobreza porque influye directamente en la capacidad de aumentar los ingresos de los pobres.

Son tantas las veces que se repite, que ha pasado a convertirse en lugar común en la jerga del análisis de la cuestión social.

En los momentos más álgidos de la discusión, cuando se trata de incursionar en la estrategia o en las soluciones, los iniciados señalan con énfasis: eso ya lo sabemos.

Cualquiera diría que de tanto repetir, algo habrá calado; aunque no lo crean, ese algo es muy poquito y el problema sigue en pie.

Con el objeto de no quedar por fuera de la larga lista de impertinentes, me tomo el trabajo de formular algunas reflexiones sobre el amplio espectro del asunto.

La primera, y más obvia quizá, está relacionada con el desarrollo del capital humano. Sin duda, para que la gente pueda aprovechar las oportunidades que brinda el crecimiento, debe tener educación y salud.

No obstante, si el recurso humano está distribuido de forma desigual, es seguro que la distribución del ingreso y capital también evolucionará en las mismas condiciones.

Empero, eso no es lo más grave; lo más difícil es que las desigualdades son acumulativas, se proyectan en el tiempo, y, desafortunadamente, esa es la situación en que se encuentra el país. Algo más: la relación entre el grado de instrucción y el nivel de ingreso –que tiende a ser más desigual cada vez– se debe a que las personas con menor educación quedan concentradas en el sector informal o en las escalas más bajas del sector formal, donde la productividad y los grados sociales son inferiores.

Es de esta manera como se perpetúan las dificultades e incrementan los problemas sociales.

Si bien la manifestación de que es necesario invertir cuantiosamente en la educación es literalmente válida, debe interpretarse con sumo cuidado, sobre todo en lo que tiene que ver con la disyuntiva entre inversión en bienes físicos y calidad de la educación. Es la realidad que cuando se trata de bienes físicos, políticamente hablando, la cuestión se torna sencilla; basta hacer el inventario de tantas escuelas construidas, el número de cupos escolares abiertos o disponibles, la suma de becas otorgadas, etc. Con el balance así presentado, las voces de aprobación se multiplican por cientos o miles. Sin embargo, como la calidad no es tangible en el corto plazo, no es conveniente que prosperen las dudas sobre la inversión en este frente, pues no son tan atractivas ni rentables, políticamente hablando.

Otro aspecto a contemplar es el relacionado con el caso de las minorías étnicas y lingüísticas, que sufren las consecuencias de la falta de participación en los esquemas educativos del país.

Es un hecho que si los pobres tienen menor acceso a la educación que los no pobres, las minorías están en peores condiciones por la baja calidad que reciben. Por supuesto, el problema de la deserción –complicado para los estratos bajos– se torna mucho más difícil para los grupos étnicos, pues las razones para que el fenómeno anotado se presente se multiplican por dos o tres.

De esta manera, en la reforma que se plantee, este debe ser un punto crucial. Hay que superar el tono de la muletilla de ‘tanto repicar y nada’.

Gabriel Rosas Vega

Exministro de Agricultura

rosgo12@hotmail.com

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