Gabriel Vallejo Lopez
columnista

Experiencia dolorosa en seguros

No solo no nos preocupan los clientes. La verdad, monda y lironda, es que la mayoría de las veces los maltratamos.

Gabriel Vallejo Lopez
POR:
Gabriel Vallejo Lopez
junio 07 de 2018
2018-06-07 09:43 p.m.
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La primera experiencia laboral la viví intensamente en el sector asegurador, hace algunos años. El proceso de ingreso a la empresa fue la semilla, el inicio de la infinita pasión que siento por el servicio. Fue en esa compañía donde creamos, de la mano de un gran presidente, excelso profesional y mejor ser humano –Mauricio Parra– la primera gerencia de servicio del gremio en Colombia, en su momento.

Desde entonces, y por las enseñanzas que de él recibí sobre lo vital que son los seguros en la vida de los seres humanos, soy un obsesionado por ese tema. Tener todo protegido en la medida de lo posible. En el mundo entero.

En nuestro país, en general, no tenemos una cultura personal ni un conocimiento certero y juicioso sobre lo que representa, cómo se debe hacer y en qué consiste la adquisición de un seguro. Salvo, en la mayoría de los casos, los obligatorios. Justo por esa condición. Toca comprarlos. “Son carísimos, no creo que me roben, ¿desastre?, yo soy optimista, ¿para que ellos se enriquezcan?”, son solo algunas de las expresiones que se escuchan a diario.

Con el tiempo y el conocimiento interno adquirido sobre cómo funcionan grandes, medianas y pequeñas aseguradoras, mediante el servicio encontré, y lo ratifico cada vez que me encuentro con hombres y mujeres afines al sector, que la posventa en la mayoría de las compañías –no en todas–, es invisible. El peor de los servicios en nuestro medio.

¿Cuándo le llama a usted su corredor de seguros o alguien de la compañía? Espero no equivocarme, al menos en la mayoría de los casos, que un día antes de vencerse la póliza de su familia, bienes y demás servicios que tenga cubiertos. Y sin ningún atisbo de sonrojarse, pues la consulta es telefónica, le dicen: “¡mañana se vencen sus seguros!, ¿qué hacemos?”. Generalmente, la respuesta siempre es la misma: renueve.

Un año pagando cumplidamente, mes a mes respondiendo con las obligaciones. Claro, no hacerlo, si se presenta un episodio, es ahí cuando uno se da cuenta de lo necesarios, urgentes y baratos que son los seguros.

Un año. ¡Ah!, si se atrasa un día y ocurre un imprevisto, perdió el año. 365 días en los que hacemos el pago de las cuotas para que la aseguradora pueda cumplir con los sueldos de sus empleados. Y en ese lapso, ni una sola llamada, al menos para indagar si el titular de los seguros vive. Una felicitación el día del cumpleaños, así sea mediante una tarjeta electrónica o un correo que se envían automáticamente. Nada.

Porque, infortunadamente, lo que nos interesa es cerrar el negocio y cumplir presupuestos. Nos preocupa más la meta comercial del mes. Y no de cómo tener buenos clientes para toda la vida. No para doce meses.

Recientemente formulé un reclamo pequeño por daños en un bien inmueble. Y, ¡oh sorpresa!, me acaba de notificar la compañía de seguros que luego de varios años sin un solo siniestro, decidieron no renovar la póliza. Vaya, vaya.

No solo no nos preocupan los clientes. La verdad, monda y lironda, es que la mayoría de las veces los maltratamos. Y al final, a nadie le importa.

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