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Germán Eduardo Vargas
Columnista

¿The Good Place?

Intentemos hacer algo útil para que nuestro país sea un verdadero The Good Place, mejorando sus prestigiosas empresas y prestantes universidades.

Germán Eduardo Vargas
POR:
Germán Eduardo Vargas

Como aguja en pajar, encontré una serie cuya intención suscitó mi interés: The Good Place. Una utopía del más allá, destinada sólo para los mejores entre quienes actuaron con motivaciones buenas; aparentemente falla su (perfectly accurate) sistema de evaluación del desempeño, develan la innovación de un diseñador de infiernos, y reinician secuencias de caos que simulan “eternos retornos”.

El arribo de una vendedora Top, de productos que defraudan, altera la presunta armonía; mientras sus vecinos creen ser dignos de semejante paraíso, ella asume consciencia de sus falencias y carentes méritos. Fáustica o Divina Comedia, un atribulado profesor de moral, y la complicidad de una asistente virtual -robada del verdadero lugar bueno-, preludian paradojas y dilemas sobre principios, propósitos y compromisos.

Relacioné lo antedicho, y la confusión entre “Buen Lugar” y “Lugar Bueno”, con la Gestión Humana y Responsabilidad Social de las empresas que componen escalafones globales, cuyos superlativos desestiman la categórica corrupción, de medios o fines, que sistemáticamente protagonizan muchas elegidas: World’s Best Workplaces, Most Ethical Companies o Best Regarded Companies.

Inconsistentes, los referidos cuadros de honor difieren de manera significativa, y ninguno contribuye a expiar al Buen Modelo (capitalista). Cuánta deficiencia axiológica y metodológica en esas escalas, mientras sus clientes (y beneficiarios) manipulan las mediciones, intentando justificar con Hay/Mercer la inequidad que pagamos con desempleo, inflación y rescates (riesgo moral).

Espiral viciosa, esa privilegiada minoría conspira contra el bien común, usufructuando el estatus o la reputación que otorgan tales reconocimientos, para atraer/fidelizar stakeholders (Behavioral Study of Obedience, Milgram).

Con este sumario evoco a Sancho, quien soportó tantas desventuras, esperanzado por el pedacito de cielo -en la tierra- que le prometieron. A él, quien se hallaba insuficiente de los beneficios de la iglesia, pues se consideraba una bestia -aunque pareciera humano-, le dijeron que pocos mandatos eran buenos, e incluso “el más erguido y bien dispuesto trae consigo una pesada carga de pensamientos que pone el desdichado que le cupo en suerte” (Quijote, II/XIII).

Entre falsas almas gemelas, conviene reflexionar sobre la proscripción de la flauta, la bondad de Hameln (Grimm), los vacíos o las falacias que conforman nuestras deontologías (roles/profesiones), entelequias (éxito/felicidad), sofismas de “i-racionalidad i-limitada” (utilitaristas/hedonistas), y aporías (mejores versiones de sí “mismo”).

Bien lo describió Estanislao en el Elogio de la Dificultad: deseamos Mal. Procuramos la plenitud mundana, y la perfección “estética”; de hecho, percibiendo un juego de palabras entre “Good” y “God”, recomiendo Canciones de Inocencia y Experiencia, y Matrimonio del Cielo e Infierno (Blake).

Para gestionar los riesgos que condenaron a Bartleby (Story of Wall Street, Melville), y a la mencionada vendedora, intentemos hacer algo útil y satisfactorio, para que nuestro país/planeta sea un verdadero The Good Place, mejorando lo presente: sus prestigiosas empresas y prestantes universidades. Feliz Día de la Paz y el Desarrollo (Unesco).

Germán Eduardo Vargas
Catedrático
(german.vargas@uniandes.edu.co)

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