Germán Umaña Mendoza
Columnista

Siempre ha sido un sueño

Todos los conocemos, pero no los encontráremos, ni con la linterna de Diógenes.

Germán Umaña Mendoza
POR:
Germán Umaña Mendoza
junio 26 de 2019
2019-06-26 09:27 p.m.
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Hace muchos años no viajo al Llano. Sin embargo en mi juventud siempre fue un sueño poblado de llanuras infinitas. Aún recuerdo mis viajes de aventura a bordo de mi carro ensamblado en Rumania, un Aro Carpati, producto de las importaciones por trueque o compensación con los países de la “cortina de hierro”, intercambiadas por café u otros productos agrícolas. Fue tal el maltrato al que lo sometí que fallaba constantemente y mis amigos lo apodaban el Víctor Hugo y cuando alguien preguntaba el por qué respondían con sorna: Es que solo se suben los “miserables”.

La primera parada de la ruta era en Cáqueza donde se degustaba en la plaza de mercado la mejor morcilla de Colombia, almacenada en platones de aluminio. Continuábamos el viaje y antes de llegar a Villavicencio, divisábamos las llanuras infinitas que desde ese momento nos recibían como un soplo de esperanza.

Villavicencio era un pueblito lleno de magia, música y ternera a la llanera. Allí pernoctábamos. Aún recuerdo por ejemplo la visita a la tumba de un excelente estudiante de ingeniería de la Universidad Libre, que cayó por las balas asesinas de la represión de ese entonces, en una ola de protestas en la Universidad Nacional: Alexis Omaña, y haber hablado con él y con Neruda en un maravilloso, duro y poético encuentro con la muerte y con la poesía.

Después continuaba la aventura por una carretera destapada hacia Puerto López y antes al “alto de Menegua” donde ya se iniciaba la construcción de la pavimentada hasta la hacienda de un señor Pedro López, hermano del presidente de ese entonces. Más adelante, Puerto Gaitán o Puerto Lleras, donde especialmente en los inviernos la carretera se perdía en las inundaciones y simplemente se transitaba por la llanura, sin cercas u obstrucciones y, cuando era necesario se cruzaban los ríos o las quebradas, sin sacar el pie del acelerador para que no entrará agua al carburador.

Nos desviábamos hacia esos dos proyectos precursores del verdadero cambio y visitábamos “Gaviotas” dirigido por ese gran investigador y soñador “Paolo Lugari” y, también hacia la hacienda “Carimagua” que desarrollaba los pastos del futuro para convertir en productivas las rebeldes tierras de los llanos.

Eran inmensas haciendas con una cabeza de ganado por cada diez hectáreas. La tierra era casi regalada. Pero eso sí los llaneros en sus fundos nos permitían guindar las hamacas compartir la yuca, el plátano, la ternera, el guarapo y su maravillosa música, con sus coplas llenas de esperanza. Compartíamos sueños e ilusiones en un ambiente de paz inolvidable.

No volví pero me enteré: llegó dizque la civilización: las inversiones en los cultivos de palma africana hacia San Martín, los grandes proyectos agroindustriales, la concentración de la tierra, la usurpación de baldíos, el volteo de tierras, el narcotráfico, el paramilitarismo, la guerrilla, las riquezas bien y mal habidas.

Y, ahora la vía al Llano que implicó el crecimiento del turismo, de los condominios, de la hotelería, todo ello basado en la construcción de la autopista. Pero no: todo hasta ahora fue simplemente un “falso positivo”. La montaña se derrumbó. Y, ¿los culpables? Bien. Gracias. Todos los conocemos, pero no los encontráremos, ni con la linterna de Diógenes.

German Umaña M. 
Profesor

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