Germán Umaña Mendoza
columnista

¿Tienen final las pesadillas?

¿Tienen un final las pesadillas? Por supuesto, lo que no sabemos es cuánto y hasta dónde debemos esperar. 

Germán Umaña Mendoza
POR:
Germán Umaña Mendoza
julio 03 de 2019
2019-07-03 10:02 p.m.
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La verdadera tragedia de un gobierno de corte populista (izquierda o derecha), es la de quedarse sin los recursos suficientes para continuar asegurando la fidelidad de su clientela y no poder otorgar subsidios, dádivas o prebendas, a esa masa de población que se supone absolutamente leal con el establecimiento.

La alianza entre bonanzas en el ingreso de recursos externos y la corrupción ha sido la constante en muchos países en Latinoamérica. El ‘modus operandi’ es conocido: En productos básicos como alimentos y medicinas los miembros del gobierno y sus secuaces se convierten en los importadores o en los compradores de lo producido localmente, los precios se encarecen en la medida en que crecen las coimas de los corruptos y nadie se da por enterado puesto que quien los distribuye es el mismo administrador de los recursos y, mientras existe la bonanza, poco o nada se nota la escasez.

Como sobran divisas, se establecen mecanismos de control de cambios y se definen sistemas de subsidios para realizar las importaciones necesarias al aparato productivo. Solo se otorgan a los ‘amigos’ del gobierno, eso sí con el pago de la comisión adecuada, dizque para lograr objetivos de interés nacional. A las empresas públicas o nacionalizadas no llegan los bienes de capital, los insumos o bienes intermedios necesarios para mantener sus estructuras productivas y su capacidad, por ejemplo: de generación eléctrica, producción de barriles de petróleo o agua, se deteriora irremediablemente.

Los agentes económicos que se niegan a pagar el peaje a los corruptos son cercados por la disminución en la posibilidad de obtener recursos para la importación o cuando los consiguen se establecen mecanismos de control de precios que, como resultado del exceso de la oferta monetaria y de la hiperinflación, hacen imposible reponer los inventarios y quedan reducidos a su mínima expresión o, en la mayoría de los casos simplemente desaparecen.

Son reemplazados por el ‘nuevo empresariado’ aliado de los gobiernos populistas que se enriquecen importando alimentos, medicamentos u otros bienes que son recibidos parcialmente por los agentes gubernamentales pero certificados como entregas totales o, inclusive, se convierten en importaciones ficticias que promueven el lavado de activos los que, por supuesto, se consignan en las cuentas de los bancos transnacionales privados.

Cuando disminuyen las exportaciones y ante la magnitud de la expoliación se produce la crisis y disminuye el poder del populismo y del tamaño de su clientela, la cual se reduce a los más pobres y los reos por necesidad en los empleos públicos. La estrategia no es dejar de robar sino promover las migraciones comenzando por la de los inversionistas, después por la de los más capaces y más tarde de los desesperados ante el aumento de la escasez y la imposibilidad de satisfacer sus más mínimas necesidades. Cuando la crisis se profundiza, aumentan las sanciones internacionales con la esperanza de que los pueblos y las fuerzas armadas depongan a los dictadores. Desafortunadamente, en muchos casos, las organizaciones de la sociedad civil se encuentran postradas, la oposición no entiende nada y con los militares se cumple el dicho: “Olivos y aceitunos, todos son unos”.

¿Tienen un final las pesadillas? Por supuesto, lo que no sabemos es cuánto y hasta dónde debemos esperar. Y, por si acaso, ¿Cómo les va por su casa?

Germán Umaña Mendoza
Profesor

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