Gonzalo Gallo González

Aceptología: el arte de aceptar

Gonzalo Gallo González
POR:
Gonzalo Gallo González
agosto 10 de 2012
2012-08-10 12:43 a.m.
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Gerardo Schmedling fue un gran guía espiritual que habló con sapiencia de lo que él llamaba ‘la aceptología’. Un nombre simpático para el valioso arte de aceptar lo que se vive sin hacer resistencia, sin peleas inútiles.

Los maestros espirituales enseñan que el ser humano sufre porque así lo elige, cuando no acepta la realidad.

El dolor es parte de la vida, pero el sufrimiento no, y jamás está afuera, solo en la mente que hace resistencia. Ahora bien, la aceptación no es una resignación pasiva y de mala gana, no, es asumir algo en paz y de un modo activo.

Aceptar es adaptarse a la realidad con una actitud serena y dinámica sin luchar contra los hechos.

Si asumes lo que vives y cambias lo que puedes, nunca más vuelves a sufrir, ¡qué maravilla! Aceptología es lo que practica el joven australiano Nick Vujicic sin piernas, sin brazos, con fe y una sonrisa fácil en su rostro.

A los 31 años, Beethoven vivió con dolor y miedo el drama de palpar cómo perdía su capacidad auditiva.

Es lo peor que le puede pasar a un músico y más en una etapa bien temprana de su existencia. Pensó en el suicidio, pero su fe y amor al arte disiparon esos locos pensamientos y siguió adelante. El genio de Bonn nos dejó una valiosa lección de aceptación, coraje y amor por lo que se hace.

Es conmovedor saber que dirigió el estreno de su hermosa sinfonía novena, ya completamente sordo.

Al final, la gente aplaudía sin cesar, y un músico tuvo que voltearlo para que disfrutara su éxito. Siempre que te deleites con el solemne movimiento final de la novena, da gracias por todo, y ábrete a la aceptación y la confianza.

Piensa en un músico genial y sordo que acepta la fatalidad y le canta a lo bello sin hundirse en el abismo del desespero o las quejas.

Hay tres clases de personas: el idealista, el pesimista y el realista. El primero se nutre de fantasías y, algún día, los golpes de la vida lo aterrizan y fácilmente va al polo del conformismo.

El pesimista consumado es incapaz de disfrutar el Sol por estar pensando en la oscuridad de la noche.

Es un ser lúgubre, que en un hermoso pañuelo con una pequeña mancha solo ve la mancha. El realista acepta que la vida es como un claroscuro de Rembrandt o de Caravaggio, sabe que luz y sombra, riqueza y pobreza son opuestos necesarios, y que ninguno es malo o bueno de por sí.

Siendo realista, buscas lo mejor sin los delirios y el estrés del perfeccionista, y sin el derrotismo del pesimista. La aceptación es un manantial de paz y te permite ser feliz, incluso, en una silla de ruedas.

Practicas la aceptología cuando eres espiritual y entiendes que todo en la vida tiene un sentido, incluso, lo que llamas absurdo. Los sabios enseñan que a la Tierra se viene con un plan de vida, que incluye pruebas para evolucionar.

Si lo aceptas, estás en paz y todo fluye. En un lento proceso evolutivo todo es perfecto. La aceptación no es indolencia, es asumir sereno lo que no puedes cambiar.

Gonzalo Gallo González

Escritor – Conferencista

charleschaplin@oasisgonzalogallo.com

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