análisis

No es Huawei, es China

La guerra comercial van mucho más allá que una batalla entre el más grande productor y el más grande comprador de cosas del mundo.

Guillermo Puyana
POR:
Guillermo Puyana
junio 04 de 2019
2019-06-04 07:37 p.m.

Diez años atrás no hubiera creído que la madre de las batallas de una guerra económica entre China y Estados Unidos sería por una empresa privada. La gravísima fractura en las relaciones chino-norteamericanas sucedió el 15 de mayo, cuando el presidente Donald Trump usó su poder preferido, la orden ejecutiva, para someter a autorización previa cualquier transacción en tecnología y comunicaciones en toda la cadena de suministro, desde el diseño, de empresas norteamericanas con compañías “propiedad de, controladas por o sujetas a la jurisdicción o dirección de un adversario extranjero”.

Aunque la orden no menciona a China ni a Huawei, de inmediato Google entendió que le concernía y anunció que suspendía la actualización de Android en los dispositivos chinos, causando una reacción en todo occidente, donde en todos los idiomas y dialectos que en este se hablan, los expertos han escrito, cumque diligentissime, sobre los impactos en la vida cotidiana de cada ser alternativo usuario de Huawei.

Una vez más Trump tendía cercos en su feudo desafiando la prédica capitalista de libre circulación de bienes, cosas y dinero, para causar la paradoja de que su rival fuera un país bajo el liderazgo de un partido comunista que defiende la globalización de su más emblemática empresa privada. Huawei no es una compañía cualquiera: su fundador, Ren Zhengfei, es el ícono de la reforma y la apertura chinas. De una familia de curadores de jamones, nacido en 1944 y graduado en el Ejército Popular chino como ingeniero, es miembro del Partido Comunista desde 1978 y tiene sólidos vínculos con un Estado que, en situaciones críticas, defiende a su empresariado.

Esto se veía venir aún antes de la inauguración de Trump con su estilo incendiario de camorra permanente. Es el episodio agudo de una dolencia crónica, de las tensiones por las asimetrías evidentes en las estrategias de desarrollo entre el más grande productor y el más grande comprador de cosas del mundo; era cuestión de tiempo para que estallaran de la forma en que lo hicieron el 15 de mayo.

El curso de colisión se advertía en 1980 cuando los chinos moldearon sus Cuatro Modernizaciones para desarrollar en 50 años su agricultura, industria, defensa, educación y ciencia y tecnología; la poción para conjurar el subdesarrollo que le dejaron 100 años de guerra seguidos de treinta de turbulencia política interna que tuvo un final dramático en 1976.

Cuando China ingresó a la OMC en el 2001, Estados Unidos creó una comisión para evaluar los riesgos económicos y de seguridad del creciente poder de ese país en el mundo; el informe de la comisión al congreso en el 2004 incluyó un capítulo sobre el desarrollo tecnológico y advertía que China “desafía nuestro liderazgo científico y tecnológico. La competitividad norteamericana, nivel de vida y seguridad nacional dependen de ese liderazgo”. Son palabras que bien podrían suscribir los chinos respecto de Estados Unidos.

Tecnología y comunicaciones son hoy los motores de la economía, en los cuales el empleo crece y más riqueza se genera. Según Marshall Bernan, los proletarios contemporáneos son los ingenieros y programadores, multiculturales, globales, políglotas y bien educados que crean esa riqueza y los jóvenes prestidigitadores del sector financiero que la multiplican.

El siguiente escalón del salto tecnológico es la hiperconectividad, el internet de las cosas y la inteligencia artificial, que exigen plataformas potentes como la 5G, en cuyo desarrollo estaba rezagado Estados Unidos. El desasosiego norteamericano se acentuó cuando, en el 2014, Huawei y la rusa Megafone anunciaron su cooperación para desarrollar 5G. En el 2019, las galas del lanzamiento de productos basados en 5G fueron asiáticas: primero Samsung, con el Galaxy S10 5G, y cuatro días después Huawei con el Mate X. Un golpe más a la supremacía estadounidense que ya había sido lacerada en enero, cuando los chinos mostraron su poder tecnológico entrando en la cortísima lista de países con aparatos alunizados, poniendo uno en el lado oscuro de la luna por primera vez.

Con el 5G, Huawei acreditaba el sueño chino de tener marcas globales que tenían dos características: ser definitivamente chinas y claramente buenas. Hasta Huawei, las marcas chinas presentes mundialmente eran realmente compras a empresas occidentales como Lenovo a IBM, Haier a General Electric o Waldorf Astoria a Hilton.

Otros gigantes chinos como Alibaba, ZTE, Xiomi y Tencent (wechat), tenían éxito local y peleaban su lugar en el mundo. La orden de Trump atacó lo más preciado del orgullo empresarial chino y el nervio del programa estatal de marcas nacionales con presencia mundial.

El final no se ve cerca. Trump dijo que esperará hasta llegar a un acuerdo que sirva a los intereses de Estados Unidos, y China sí que tiene tiempo porque con la regla de un partido único en su constitución, no sabe de vaivenes electorales. Trump y Xi Jinping son líderes fuertes dispuestos a arremangarse para defender sus intereses nacionales.

La estrategia china para enfrentar el cerco a Huawei no será detenerse en el desarrollo del 5G, que tal vez acelere pensando en el mercado asiático que es varias veces el tamaño del norteamericano. Muchos países asiáticos tienen una compleja historia colonial y un sentimiento nacionalista muy arraigado que resiente las medidas unilaterales de Trump. Lo que está en juego tal vez no se pueda enfrentar solo acudiendo al tamaño del mercado interno, pero la expansión de una tecnología indispensable para el futuro por sí misma generará fuerzas que no se detendrán con órdenes ejecutivas.

Guillermo Puyana Ramos
Abogado

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