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Gustavo H. Cote Peña
Coyuntura

Insólita realidad

Sistemas de la Dian no están en capacidad de hacer las devoluciones por inversiones en energías limpias y los funcionarios, tampoco.

Gustavo H. Cote Peña
POR:
Gustavo H. Cote Peña
octubre 17 de 2022
2022-10-17 07:27 p. m.
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A pesar de la ausencia de las marcadas estaciones propias de países ubicados en otras latitudes, el tiempo tenía un comportamiento previsible para el transcurrir del año. En las zonas cercanas a las costas, en las laderas de las cordilleras y en sus altiplanicies, en los sitios aledaños a los ríos y en las extensas llanuras, podía anticiparse cuáles meses serían los de presencia de mayor calor y cuáles correspondían a las épocas de lluvias. El ciclo repetido durante los doce meses de cada año, operaba como una especie de aliado mágico para contar con agua y alimentos.

Ahora, en los instantes menos pensados los cielos se cubren de nubarrones grises, pasando de manera sorpresiva a unos azules con sol resplandeciente, para retornar a las pocas horas o minutos y sin previo aviso, al paisaje semioscuro, antecedente de fuertes lluvias, granizadas y desbordamientos de ríos. La catastrófica presencia de tal descontrol es resultado de la irresponsabilidad humana.

Al igual que en otras partes del mundo, desde lo público en Colombia han hablado del calentamiento global y de los evidentes riesgos de extinción de la vida sobre el planeta.

Al mismo tiempo, han anunciando incentivos para inversiones en energías limpias. Como no creer, si todo ha sido promovido incluso desde los niveles presidenciales. Con optimismo, las empresas han participado, entre otras opciones, en la instalación de paneles para capturar la energía del sol y en la construcción de molinos dispuestos para tornar el viento en energía. Nada permite prever la existencia de obstáculos producto de la estupidez humana.

Un día de un mes cualquiera, mediante conexión remota, el gerente inicia el trámite de devolución de impuestos, cuyo derecho está reconocido de manera clara en disposiciones legales. Transcurridas varias semanas, identifica un mensaje electrónico. El corazón se acelera, su mente de forma rápida excluye la posibilidad de una respuesta insatisfactoria, es imposible aceptarla siquiera por un segundo, la norma es expresa, la norma se expidió con el mismo texto no una vez sino dos veces, la letra dice que su empresa tiene el derecho.

Al leer el contenido, todo el optimismo se va al suelo, “la solicitud no es viable”. Las razones, faltó aquí llenar una casilla y allá otra, con información sin ninguna trascendencia, perfectamente subsanable por quien revisó los documentos. Al final encuentra la escueta noticia: “el solicitante carece del derecho a tramitar la devolución”.

Afrontando la realidad, se dice para si, debe existir un error, debe tratarse de una equivocación involuntaria, con seguridad se pasó por alto leer lo ordenado en la ley. En esta forma se resigna a cumplir nuevamente todo el acto casi ritual de obtener una cita.

En la fecha dispuesta reitera la reclamación de su legítimo derecho. Piensa, en esta ocasión es imposible obtener una reacción negativa. Corre un mes más. Al fin llega la contestación con idénticas razones. De nuevo insiste. Repite una y otra vez hasta contar la quinta, pacientemente, con la esperanza cada vez del ahora sí voy a recuperar los tributos pagados sin justificación.

Pasan los días. Se oye el timbre del teléfono. Al otro lado una voz lo invitan a una reunión sobre el trámite. Afortunadamente entraron en razón, con seguridad van a anunciar la procedencia de la devolución, se dice tranquilizando sus incertidumbres.

Al acudir al sitio de convocatoria, encuentra varias personas sonrientes, aunque un poco nerviosas. Le hablan de la política de acercamiento a los contribuyentes. Quien obra como jefe del grupo, acepta la claridad de la norma invocada en su petición y el derecho de su empresa. Para este momento sigue siendo optimista, su mente continúa guardando la ilusión que lo acompañó al acudir al encuentro, pero a los pocos minutos sus palabras lo desconciertan: “los sistemas de la entidad no permiten el reintegro”.

Luego, con tono colaborador, le sugiere acudir a sus proveedores para que sean ellos y no la administración pública, como lo ordena la ley, quienes se lo efectúen. Con su indolente actitud, olvidan la preeminencia de los humanos sobre las maquinas, gracias a la cual aún pueden ejercer sus puestos de trabajo que en un futuro no muy lejano podrían naufragar ante la inteligencia artificial. La capacidad de procesamiento de sus cerebros aparece diminuta, al doblegarse ante la fuerza del software, como si se tratara de un Dios todopoderoso.

De nada les sirven los argumentos jurídicos, tampoco insistir en lo expreso de la disposición, ni en los programas del presidente de turno, mucho menos traer a colación la trascendencia de los proyectos. Todos los argumentos chocan inexorablemente ante la fría actitud de quienes el pensaba, estaban para aplicar la ley.

Ante la cruda realidad se levanta y abandona el recinto. Otra vez lo invade una profunda e intensa frustración. La decisión oficial enredará los cálculos financieros y afectará la ejecución de los planes de inversión. Al salir toma un taxi. A sus oídos llegan desde la radio, declaraciones de altos funcionarios sobre incentivos a las inversiones en energías limpias, como si con su eco quisieran burlarse de su legítima pretensión.

Gustavo Humberto Cote Peña
Exdirector General de la Dian
 

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