Horacio Ayala Vela

Luces y sombras de la reforma

Se sigue favoreciendo a los dueños de las grandes empresas, mientras se le apretaron las tuercas a las rentasde trabajo.

Horacio Ayala Vela
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Horacio Ayala Vela
febrero 14 de 2013
2013-02-14 02:06 a.m.
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Aún no es fácil hacer un buen balance de la reforma tributaria, a pesar del tiempo transcurrido desde su expedición. En primer lugar, porque cubre muchos temas, más de los imaginables, para un proceso de preparación y discusión tan breve. Además, porque los textos son extensos y con frecuencia imprecisos, quizá por la premura. Sin duda, tiene aspectos positivos, particularmente en materia sustantiva, aunque no es claro si las nuevas medidas facilitarán las labores de los contribuyentes y de la administración tributaria.

Una de sus principales virtudes consiste en corregir algunos de los múltiples defectos del sistema, como los contratos de estabilidad jurídica y parcialmente el generoso tratamiento a las zonas francas. Además, las empresas beneficiadas con jugosas y prolongadas exenciones podrían empezar a pagar al menos una modesta cuota tributaria a través del Cree, si este excede la reducción en los costos de los parafiscales; en el balance, parece que muchas aumentarán sus utilidades después de impuestos. Pero es de aplaudir la intención de favorecer a quienes usan intensivamente mano de obra –al contrario del Gobierno anterior– y reducir de paso los impuestos a la nómina, que en Colombia son muy elevados.

También es justa la disposición que nivela la tributación de las empresas nacionales y extranjeras; hasta ahora se privilegiaba la inversión del exterior a través de sucursales, que en algunos casos no tributaba sobre las ganancias obtenidas en el país. Ojalá, ahora si tengamos una lista de paraísos fiscales. Aparecen también medidas para evitar que los aportes de capital se disfracen como créditos, otras para controlar las ‘reingenierías’ de sociedades y las transferencias de derechos destinadas a evadir los impuestos sobre bienes ubicados en el país, y para crear artificialmente intangibles amortizables.

Los trabajadores de ingresos medianos y menores salieron bien librados frente a su situación anterior, que básicamente se mantuvo. Fueron disminuidas las rentas exentas, pero a la vez se creó una nueva deducción por dependientes, además de que las tarifas del Iman son muy razonables para esa franja de contribuyentes; es lamentable que no haya pasado el gravamen a las grandes pensiones. Pero no se advierte algún impacto sobre los grandes rentistas de capital, en la medida que no pasó el modesto gravamen a los dividendos, propuesto por el Gobierno.

Se sigue favoreciendo a los dueños de las grandes empresas, a través del tratamiento preferencial a las sociedades, mientras se le apretaron las tuercas a las rentas de trabajo, particularmente las de los profesionales independientes. Este es el grupo más afectado entre las personas naturales, porque se asimilan a empleados, pero desconociendo los costos y gastos indispensables para generar sus ingresos. Además, pagarán impuestos sobre ingresos hoy no gravados, a través del Iman, como el componente inflacionario de los rendimientos financieros, lo que no ocurrirá a los grandes rentistas. Situaciones de esta naturaleza –no extrañas en la reforma–, donde el margen entre dos tratamientos diferentes es muy estrecho, estimulan la creación de mecanismos artificiales, contrarios al principio de la neutralidad, según el cual, la tributación no debe intervenir en la forma de hacer negocios.

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