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Ian Bremmer
COYUNTURA

Trump no está, pero la relación de EE. UU. y Europa no volverá

La división más crítica entre ambos es la geopolítica y las percepciones de quién es amigo y enemigo, en lo que tiene que ver con la visión de China.

Ian Bremmer
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Ian Bremmer
abril 19 de 2021
2021-04-18 06:00 p. m.
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Donald Trump cambió Estados Unidos, no tanto como querían sus partidarios, pero más de lo que esperaban sus críticos. Sin embargo, este no fue el único país que cambió estos últimos cuatro años.

Mientras el actual presidente Joe Biden lucha por tranquilizar a los aliados de que el EE. UU. que recuerdan está “de vuelta”, otros han seguido cambiando, lo que hace que sea imposible volver a la forma en que las cosas eran. Eso es particularmente cierto en el vínculo transatlántico: la relación única que alguna vez se disfrutó entre EE. UU. y Europa no volverá, incluso con Biden. Y no todo tiene que ver con Trump.

La primera razón por la que las relaciones entre Estados Unidos y la UE no volverán a su estado anterior es previa a que Trump asumiera el cargo: la votación del Brexit, pues durante décadas, el Reino Unido fue el primer puerto de escala de EE. UU. cuando se trataba de Europa.

Si bien a veces se opuso a los vientos predominantes en la UE, Londres sirvió como un defensor confiable y eficaz de Estados Unidos en el bloque. Biden debe invertir ahora aún más tiempo y energía en sus relaciones con políticos e instituciones de la UE sin que parezca que le dan una menor importancia al Reino Unido; los lazos de defensa e inteligencia angloamericanos siguen siendo lo suficientemente valiosos como para merecer una atención especial de Washington. Después de todo, es el Reino Unido el que comparte más estrechamente la opinión de Estados Unidos sobre cuestiones geopolíticas como Rusia y China.

Por otro lado, la administración Biden comparte la evaluación de la UE (e Irlanda) de los desafíos restablecidos por el Brexit en Irlanda del Norte.

El Brexit hará que navegar por la relación entre el Reino Unido y la UE sea mucho más desafiante para la Casa Blanca, especialmente porque Reino Unido y la UE siguen en desacuerdo en el futuro previsible.

La segunda línea que separa a EE. UU. y Europa está en los valores más amplios que sustentan las decisiones. En cuestiones económicas, la era Trump despertó en los políticos estadounidenses la conciencia de que necesitan atender de manera más proactiva los asuntos internos. Para los demócratas, eso significa más asistencia para los trabajadores estadounidenses y más subsidios industriales. Esto puede parecer más familiar en Europa, pero no impedirá que Bruselas defienda su mercado único frente a lo que percibe como ventajas competitivas injustas.

A esto se le puede agregar el enfoque de la UE a las preocupaciones del Siglo XXI como el cambio climático y los servicios digitales, lo que deriva en una probabilidad bastante alta de que se apliquen nuevos aranceles, regulaciones o ambos al comercio entre ambos.

Junto con los diferentes enfoques adoptados para cuestiones como la privacidad de los datos, el contrato social y la libertad de expresión, los “valores comunes” que alguna vez compartieron Estados Unidos y Europa se están volviendo difíciles de volver a alinear.

Pero la división más crítica es la geopolítica y las percepciones de quién es amigo y quién enemigo. La relación transatlántica estuvo en su punto más fuerte durante la Guerra Fría, cuando los soviéticos presentaban un enemigo común en el que tanto Estados Unidos como Europa debían concentrarse. Hoy en día, algunos europeos quieren relaciones más estrechas con Moscú, considerándola un socio energético fundamental; otros buscan ignorar las acciones agresivas de Vladímir Putin en el extranjero y las violaciones de derechos humanos en el país.

Pero el verdadero problema de división entre EE. UU. y Europa es China: Estados Unidos ve al país asiático como su principal rival, tanto en el panorama económico como en el de seguridad nacional (incluida la tecnología).

Europa puede considerar a China como una amenaza para la seguridad nacional, pero espera cooperar económicamente en áreas de interés mutuo con Pekín, como se muestra en el Acuerdo Integral sobre Inversiones que firmaron en diciembre.

Es difícil trabajar en estrecha colaboración cuando ni siquiera pueden ponerse de acuerdo sobre quiénes son sus amigos y quiénes son sus enemigos. Y sin una amenaza externa para unirlos, la relación transatlántica se aleja aún más.

Los líderes europeos están felices de ver a un presidente más tradicional como Biden de regreso en la Casa Blanca. Pero el alivio de que Trump se haya ido no proporciona una base para una relación sólida.

La alianza transatlántica está en declive, al igual que el orden mundial liderado por Occidente. Cuanto antes comprendan eso ambas partes, antes podrán comenzar a construir la nueva arquitectura necesaria para una relación más sólida y duradera.

Ian Bremmer
Presidente de Eurasia Group y GZero Media, y autor de ‘Us vs. Them: The Failure of Globalism’.

@ianbremmer

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