Iván Duque Márquez

Senador Kennedy

Iván Duque Márquez
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Iván Duque Márquez
noviembre 21 de 2013
2013-11-21 02:24 a.m.
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Han pasado cincuenta años desde que la voz de John F. Kennedy fuera apagada por balas asesinas. Sobre su vida se han escrito miles de libros que abarcan desde su desordenada infancia, el heroísmo de la guerra y la influencia de su padre, hasta su inconclusa obra de gobierno. Kennedy tiene una doble condición especial. Para unos, es un gran hombre de Estado que supo crecer ante la historia y que dejó un legado incontrovertible en materia de derechos civiles, desarme nuclear, cuerpos de paz, carrera espacial y relaciones internacionales. Para sus críticos, la gloria que lo rodea es un producto de su condición de mártir.

Pero, quizás para acallar las críticas, apelando al rigor histórico, es necesario ver a Kennedy en distintas dimensiones. Una de las más interesantes y que nunca ocupó en intensidad a los historiadores, tiene que ver con los ocho años en los que Kennedy sirvió como senador por el estado de Massachusetts.

Por supuesto, la fama de Kennedy como gobernante ha opacado su tránsito por la Cámara Alta del Congreso estadounidense, pero fue en ese lugar donde surgió un líder comprometido, un estadista riguroso y un intelectual enamorado del proceso legislativo.

John T. Shaw acaba de publicar una obra titulada JFK en el Senado, en la cual desmitifica la idea convencional de un paso parlamentario ausente de gloria. Desde el primer día, Kennedy asumió una conducta ejemplar como senador, empezando por obrar con independencia, y votando única y exclusivamente conforme a lo que fuera conveniente para toda la nación, aunque esto implicara no solo ir en contravía de los intereses de su Estado, sino de los de su bancada misma.

Kennedy también se involucró decididamente en los asuntos de política doméstica, combinándola con su pasión por las relaciones internacionales. A su disciplina académica le sumó la publicación regular de artículos de opinión en medios especializados, en los que compartía con el público las ideas que orientaban su votación.

Otra característica que lo distinguió fue tener excelentes relaciones personales con sus más feroces contradictores ideológicos, siendo capaz de construir amistades y formar un hábito de consolidación de consensos sobre temas de interés nacional. En este proceso, nunca se dejó manipular de los barones electorales de su partido, ni cayó en el abominable terreno de la crítica personal destructiva, haciendo fama de caballero gallardo y, al mismo tiempo, de sólido contendor de ideas.

Durante su carrera como senador, Kennedy presentó más de 300 proyectos de toda índole, y cerca de 12 leyes fueron de su propia autoría. Tenía la costumbre de hacer seguimiento detallado de sus promesas y constantemente informaba sobre su desempeño a los electores. Su equipo de colaboradores fue escogido buscando talento y compromiso, sin caer en pagar favores de donantes y líderes locales.

Gracias al rigor de Shaw, el público puede apreciar el legado del senador Kennedy, el cual se resume en que la buena política parlamentaria se debe ejercer con independencia, rigor y patriotismo.

Iván Duque Márquez

Autor del libro Pecados monetarios

ivanduquemarquez@gmail.com

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