Jorge Coronel López
columnista

Educación sin hambre oculta

Los esfuerzos no deben centrarse en cómo sembrar más educación, sino en conocer bien el campo donde esas semillas se esparcirán.

Jorge Coronel López
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Jorge Coronel López
octubre 16 de 2019
2019-10-16 10:07 p.m.
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En campañas electorales abundan las propuestas en torno a la educación como una salida expedita a múltiples problemas. Todas ellas construidas desde una lógica imaginaria de ascenso social, lo cual es loable, pero insuficiente. Nadie niega la importancia de acceder a la educación y menos de poder culminar los años lectivos.

Tampoco habría cómo oponerse a la innegable realidad que significa poder lograr más años de educación. Pero esa no debe ser exclusivamente la discusión. Lo que se tiene que discutir es la base sobre la que se han diseñado los programas y la misma política educativa.

Se ha supuesto que a mayor educación mayores posibilidades de empleo, progreso, ascenso social, entre otros aspectos. Esto llevó a pensar políticas enfocadas hacia cobertura y calidad -discutibles-. Pero resulta que se dieron por descontadas las condiciones en las que llegarían las personas al sistema, es decir, sin medición alguna se supuso que todos poseían el mismo estado de salud y los mismos desarrollos físicos y cognitivos, incluso los mismos niveles de ingreso.

Todavía no se aplican pruebas capaces de determinar el nivel de déficit de vitaminas y minerales, lo que se conoce como hambre oculta; mientras sí hay una obsesión por conocer el nivel de ingreso y el lugar de residencia de los padres. Se han instalado semanas de observación para ver si estudiantes-padres-colegios se acoplan entre sí, aunque es palpable el desinterés por las condiciones en que llegan los alumnos a clase. Aplica también para la educación superior.

Tampoco se estudian los problemas de aprendizaje y su posible relación con el estado de anemia por deficiencia de hierro, el cual tiene efectos negativos en el desarrollo cognitivo infantil, es factor alto de riesgo para la mortalidad materna e infantil e incide en la capacidad laboral en la edad adulta. Poco importan los hábitos de consumo alimenticio que, dicho sea de paso, se han modificado gracias al desconocimiento que se tiene sobre una alimentación sana. Un resultado de ello se puede apreciar en el nivel de obesidad de la población mayor de 18 años, el cual pasó en Colombia de 8% en 1980 a 22,3% en 2016.

Según datos del informe Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional en América Latina y el Caribe 2018, la proporción de personas subalimentadas en Colombia -personas que no cuentan con alimentos suficientes para satisfacer sus necesidades energéticas para llevar una vida sana y activa- fue 6,5% en el trienio 2015-2017, menor al 10% registrado entre 2010-2012. Si bien esta proporción ha disminuido, la población subalimentada sigue sobre niveles de 3,2 millones de personas, muy cerca a los 3,7 millones registrados en Venezuela.

Según este panorama, los esfuerzos no deben centrarse en cómo sembrar más educación, sino en conocer bien el campo donde esas esas semillas se esparcirán. La fertilidad del campo educativo pasa primero por asegurar una buena alimentación para un obtener un buen desarrollo cerebral, de otra manera serían esfuerzos ineficientes y costosos.

Jorge Coronel López
​Economista y profesor universitario.

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