Juan Lucas Restrepo Ibiza

Todo queda en familia

Juan Lucas Restrepo Ibiza
POR:
Juan Lucas Restrepo Ibiza
enero 16 de 2014
2014-01-16 04:29 a.m.
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Hace dos años estuve en Nueva Zelanda, país agroexportador, cien por ciento centrado en agricultura familiar. Allá conocí a Paul Sharp, uno de tantos granjeros de esa nación. En su predio, donde vive, tiene 300 vacas, y él hace todo: maneja los animales y los pastos, planifica la suplementación, ordeña, lleva los registros, etc. Todos los días tiene una rutina, la cual apoya con tecnologías de la información y conocimiento técnico para tomar decisiones en tiempo real.

No sigue una fórmula estricta, sino que lee lo que pasa con el agua, los vientos y los mercados, y cambia permanentemente sus decisiones de producción. Se apoya en un técnico formado en una institución tipo Sena al momento del ordeño, y tiene acceso en su entorno a prestadores de servicios que va contratando según necesite. Es un negocio centrado en la capacidad de Paul de maximizar el resultado de su finca y, por ende, de su ingreso familiar.

La Asamblea General de las Naciones Unidas declaró 2014 como el año de la agricultura familiar (AF), con el fin de llamar la atención sobre la importancia de este tipo de modelo productivo. El 70 por ciento de los alimentos que consumimos vienen de unos 500 millones de fincas familiares, según la FAO, y nuestra alimentación futura dependerá, en gran medida, de lo que suceda con la AF.

La parte central de la definición de AF es que la explotación se maneja, opera y depende predominantemente de la mano de obra de los hombres y las mujeres de la familia. Agricultura familiar no significa grande o pequeño, sino una forma de producir.

Durante la época en la que trabajé en café conocí muchos caficultores familiares. Una señora cabeza de familia en Nariño me mostraba con orgullo su cafetal, que tenía todo tipo de certificaciones y recibía primas de precio de una empresa multinacional que compraba su producción. Su cafetal apenas alcanzaba una hectárea, por lo que –con todo y primas– no recibía un ingreso suficiente para salir de la pobreza. Para sobrevivir tenía que rebuscar y vender su mano de obra fuera de la finca y dejar de meterle todo su esfuerzo al negocio, y como resultado su productividad era baja.

En el 2006 la Federación de Cafeteros y el BID definieron en un estudio que, en promedio, una familia cafetera necesitaba unas 5 hectáreas para maximizar el aprovechamiento de su capacidad familiar, y en esa escala, en diversos escenarios de precios, era capaz de prosperar al manejar su cultivo de manera óptima como lo hace Paul.

En el otro extremo, en lo corporativo, se requieren grandes escalas que maximicen el resultado económico, incluyendo los costos de la administración delegada del negocio. En lo pequeño y en lo no suficientemente grande para absorber esos costos, habrá brechas entre lo que puede entregar la tierra y lo que efectivamente da, y la AF es central a la hora del resultado productivo.

En Colombia son muchas las dimensiones y necesidades que tenemos que abordar para lograr que la agricultura familiar prospere y cierre sus brechas. Además de la escala óptima, que depende de productos y mercados, tenemos que pensar en la familia como eje de las políticas de producción. La tecnología, su transferencia y la asistencia técnica agropecuaria deben estar dirigidas a que la familia maximice lo que puede lograr en su operación agropecuaria y, por ende, en su sustento y sostenibilidad.

Juan Lucas Restrepo

Director de Corpoica

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