Juan Lucas Restrepo Ibiza
columnista

‘Expreso chachafruto’

Alimentar bien a 10 billones de personas al 2050 requiere diversificar la oferta y las formas de producir.

Juan Lucas Restrepo Ibiza
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Juan Lucas Restrepo Ibiza
abril 15 de 2019
2019-04-15 09:15 p.m.
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El chachafruto, un árbol leguminoso que produce en sus vainas unos frijoles de gran tamaño y dulzura, me recuerda mi infancia en el oriente antioqueño. Cuando estaba en cosecha lo usaban para producir tortas deliciosas y super nutritivas. Su uso era tan popular que una de las chivas locales se llamaba el ‘expreso chachafruto’. Hoy, todavía disfrutamos de la belleza de algunos chachafrutos en las cañadas, pero como alimento ha quedado relegado al pasado.

La historia del chachafruto refleja un panorama global. Bioversity y FAO identificaron 1.097 especies vegetales cultivadas con relevancia nutricional, de las cuales hoy menos del 7 por ciento son aprovechadas. Hay otros estudios que demuestran cómo la variedad vegetal que encontramos en las tiendas y los supermercados en cualquier lugar del mundo es cada vez más homogénea, y sigue consolidando la tendencia de que cada vez nos alimentamos de una menor variedad de cereales, oleaginosas, frutas, hortalizas y animales.

Ese proceso de desarrollo económico y social reduccionista y homogeneizador no ha mejorado el estatus nutricional: de los 400 gramos de vegetales (frutas y hortalizas) que los nutricionistas recomiendan como consumo diario, la oferta solo suple 78 por ciento de las necesidades a nivel global y menos de la mitad en países de ingresos bajos. El proceso también ha acelerado la pérdida de biodiversidad, promovido sistemas agropecuarios más frágiles frente a la variabilidad climática e impedido un mayor bienestar de millones de productores y consumidores.

Desde distintos ámbitos se comienza a trabajar para revertir en alguna medida esta tendencia y promover centenares de cultivos olvidados, huérfanos o subutilizados. Hay casos exitosos como el de la quinua, que pasó de ser un cultivo casi olvidado a convertirse en un alimento funcional con consumo creciente a nivel global.

Algunos países, agencias multilaterales y el sector privado comienzan a apostarle a esta nueva veta de oportunidad y desarrollo. Unilever, por ejemplo, en conjunto con organizaciones como WWF y otros, publicaron el año pasado un libro que identifica y apuesta por 50 alimentos priorizados por su valor nutricional, sabor, accesibilidad y asequibilidad, siguiendo las definiciones recientes de la FAO sobre lo que significa una dieta sostenible. Otros criterios como productividad, adaptabilidad climática, huella ambiental, disponibilidad de cantidades importantes de nutrientes críticos y diversidad fueron usados para llegar a este portafolio de cultivos huérfanos, pero con un enorme potencial.

El rescate de muchos de estos alimentos requiere que los gobiernos adopten programas que incorporen su uso en grupos poblacionales claves que los adopten culturalmente. Hay pilotos de programas de alimentación escolar y de mujeres adolescentes y gestantes que funcionan efectivamente en varios lugares del mundo. La promoción de su conservación, su caracterización nutricional, el desarrollo de tecnologías de poscosecha y procesamiento primario que ahorren tiempos y costos, el desarrollo de cadenas de valor con baja intermediación y con comunidades productoras empoderadas, se aceleran con la concurrencia de lo público. Las pequeñas y medianas empresas que promueven alimentos sanos y chefs reconocidos que los incorporan en sus platos son aliados importantes.

Hay que combatir la dieta monótona de hoy. El 75 por ciento de lo que consumimos depende solo de doce especies de plantas y cinco animales. Alimentar bien a 10 billones de personas al 2050 requiere diversificar la oferta y las formas de producir. En los chachafrutos y cientos de alimentos olvidados hay enormes oportunidades.

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