Mauricio Cabrera Galvis

Las Farc y el deterioro ético

Mauricio Cabrera Galvis
POR:
Mauricio Cabrera Galvis
mayo 12 de 2008
2008-05-12 11:50 p.m.
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Los análisis que ordinariamente se hacen sobre los impactos negativos de las Farc en la sociedad colombiana destacan, con razón, las consecuencias nefastas del terrorismo y el secuestro, o tratan de estimar sus costos económicos. Sin embargo, no se ha prestado suficiente atención a una de las secuelas más graves del accionar de la guerrilla: el deterioro de la moral pública y la ética ciudadana.

"A los colombianos se nos corrió la frontera moral", es la conclusión del profesor Luis Jorge Garay en su estudio sobre la 'Captura del Estado' por actores legales e ilegales que se aprovechan de los bienes públicos para satisfacer sus intereses privados ante la aceptación pasiva de la ciudadanía. También se reconoce que el narcotráfico corrompió los valores éticos de la sociedad al imponer la cultura del dinero fácil, el lujo y la ostentación como sinónimos del éxito.

Pero la corrupción moral que han generado las Farc es de otra índole: es el debilitamiento de los criterios y principios sobre los medios que puede utilizar una sociedad para alcanzar la paz, a punto tal que para luchar contra el terrorismo y la barbarie se ha llegado a aceptar que todo vale, inclusive los mismos métodos terroristas que se supone combatir.

La manifestación más dramática de este deterioro ético es, por supuesto, el apoyo activo o la complacencia pasiva con el terrorismo paramilitar como instrumento para enfrentar a la guerrilla y 'limpiar' regiones infestadas por el secuestro y la extorsión. Como es sabido, la tentación de la defensa propia y la aplicación privada de la justicia generó en Colombia un monstruo de mil cabezas que sobrepasó en barbarie a su enemigo, pero que aún hoy que se han hecho públicos sus crímenes y masacres sigue siendo aceptado por una parte de la sociedad como un mal necesario.

Porque desafortunadamente desde las altas esferas del Gobierno se sigue promoviendo el principio de que todo vale con tal de acabar con las Farc, se sigue justificando que en aras de la seguridad democrática se puede utilizar cualquier atajo. Así se aceptan y se multiplican las detenciones arbitrarias de miles de inocentes y la muerte de muchos de ellos, se violan los principios del Derecho Internacional para matar a un jefe guerrillero, se pagan recompensas a asesinos que llevan manos ensangrentadas como prueba de su felonía. Cuando el Estado acepta utilizar la 'combinación de todas las formas de lucha' pierde legitimidad y aunque estemos próximos a la derrota militar de la guerrilla es posible que nos derroten en lo moral.

El odio y el rechazo a las Farc es tan fuerte, y por supuesto tan justificado, que ha generado un curioso fenómeno político: mientras el péndulo ha oscilado hacia la izquierda en la mayoría de los países latinoamericanos por la necesidad de reformas sociales que alivien la pobreza y la miseria, en Colombia la tendencia es hacia la derecha, pues la seguridad es el tema prioritario.

No hay duda que la alta popularidad del presidente Uribe se debe en buena parte a su política contra las Farc. Es una reacción popular lógica y explicable. El problema surge cuando esa popularidad, y el objetivo deseable de acabar con las Farc, se convierte en el argumento para justificar actos de corrupción como el cohecho con Yidis y Teodolindo para aprobar la reelección. Como dijo Mockus, ni siquiera el fin de "salvar la patria" justifica el atajo de la compra de votos.

También son pertinentes unas palabras de Montesquieu, -el pensador francés cuya concepción de la separación de los tres poderes es la base del moderno Estado de Derecho-: "Si yo supiese algo útil para mi familia y que no lo fuese para mi patria, intentaría olvidarlo. Si yo supiese algo útil para mi patria y que fuese perjudicial (...) para el género humano, lo consideraría como un crimen, porque soy necesariamente hombre mientras que no soy francés más que por casualidad".

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