Miguel Gómez Martínez
columnista

Efectos colaterales

Un subsidio bien diseñado debe ser temporal porque la falla de mercado debe desaparecer por medidas de política económica.

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
septiembre 25 de 2018
2018-09-25 08:13 p.m.
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Nada es más difícil en política económica que diseñar programas de subsidios. En un muy interesante artículo publicado por El Tiempo, en su edición del 21 de septiembre, se hace una reseña de las conclusiones de un estudio realizado por el Banco de la República sobre el efecto de los subsidios en salud y su relación con la criminalidad. En su edición del sábado 22 de septiembre, el mismo medio trae otro ejemplo relacionado con los problemas que se han generado con las casas gratuitas, programa estrella de la administración Santos.

En los dos casos, un subsidio con buenas intenciones como proveer cobertura básica en salud u otorgar vivienda sin costo a los más pobres termina generando consecuencias inesperadas que son negativas. En cuanto a la ayudas a la salud para los inscritos en el Sisbén resulta innecesario analizar su benevolencia. Que personas que están en condiciones de pobreza y cuyas fuentes de trabajo son inestables tengan acceso a una cobertura mínima en salud, es una de las grandes estrategias sociales de nuestro país. En muy poco tiempo, millones de colombianos pudieron, por este camino, recibir atención médica. Hoy, más del 92 por ciento de los ciudadanos tienen algún tipo de asistencia básica, lo que constituye una verdadera revolución social. Pero los investigadores del Banco han podido, también, concluir que esta garantía de subsidio estimula la informalidad laboral. Para muchos, es preferible desarrollar actividades económicas por fuera del mercado del trabajo, pues en el sector formal deben cumplir con horarios, aceptar jerarquías y además asumir los descuentos de ley relacionados con la protección social y las pensiones. La informalidad con cobertura de salud gratuita resulta, entonces, atractiva para muchos. En el caso de Medellín, que cuenta con una larga tradición de bandas criminales fuertes que se han repartido el territorio de la ciudad, el estudio concluye que la informalidad laboral es el camino por el que muchos jóvenes terminan cayendo en las redes del delito. La informalidad, estimulada por el subsidio, termina siendo un camino a la ilegalidad.

En el caso de las casas gratuitas, el informe de prensa señala que el Ministerio de Vivienda ha encontrado “arrendamientos irregulares, rumbeaderos, actividades comerciales, microtráfico de drogas y hasta campesinos que han llegado con sus animales de corral”. El propósito de entregar vivienda a quienes tenían difíciles condiciones de acceso a la misma también se presta para abusos, siguiendo el refrán de ‘aquello que no nos cuesta volvámoslo fiesta’.

Los informes advierten que no hay que caer en generalizaciones, pues la gran mayoría de los beneficiarios no terminan en la criminalidad ni todos los que recibieron casas gratuitas las destinan a otros propósitos.

Pero los subsidios son instrumentos muy difíciles de calibrar y controlar. Quienes reciben el beneficio ¿son los que de verdad lo requieren? Puesto que los subsidios no son gratuitos, ¿son la forma más eficiente de solucionar el problema? ¿Por cuánto tiempo se van mantener esos apoyos? Estas preguntas son determinantes. Un subsidio bien diseñado debe ser temporal porque la falla de mercado debe desaparecer por medidas de política económica que la corrijan de forma definitiva.

Los subsidios no son malos, pero tampoco son siempre buenos. Ayudas permanentes son peligrosas porque pueden traer consecuencias imprevistas negativas.

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