Miguel Gómez Martínez
Columnista

El diminutivo

Los diminutivos explican por qué nunca hemos tenido política exterior, ni visión geopolítica, ni invertimos en cultura.

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
septiembre 14 de 2021
2021-09-14 10:40 p. m.
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El lenguaje no es sólo una forma de expresión. Su uso refleja otros elementos que llevamos dentro de nosotros y que se manifiestan al hablar. Lo que comunicamos es mucho más que lo que decimos.

Muchas son las bromas sobre los brasileños pues se refieren a las cosas de su país utilizando superlativos. En Brasil todo es lo “más grande del mundo”. También son célebres los chistes sobre los argentinos y su sentido de superioridad. Para los estadounidenses, llenos de récords y triunfos, resulta difícil creer que algo pueda ser mejor en cualquier parte del planeta. O los mexicanos que tienen esa seguridad de ser un país importante en todos los sentidos de la palabra.

En cambio en Colombia vivimos la feria del diminutivo. Aquí aspiramos a tener una casita, un carrito y tener la comidita diaria. Proliferan los calificativos despectivos como el ‘pichirilo’ para referirse al auto, el ranchito para el hogar o “me comí una frutica”. “Deme unos huevitos fritos” o “me tomé unos traguitos” son expresiones normales así el desayuno haya sido pantagruélico o la rumba intensa. En esa misma línea está la expresión “me regala la cuenta”, que tanta sorpresa produce en el mundo hispánico y refleja la pobre capacidad de pago que creemos tener. Se ha popularizado el horrible uso de la palabra “personita”, que es el máximo nivel de desvalorización cultural.

En el fondo lo que decimos es que lo que sentimos. Que somos una personitas que circulamos en ‘pichirilos’ para ir a nuestras casitas a ver a los papitos y de pronto tomarnos un tintico. No imagino nunca a un mexicano o un español, ni a ninguna otra nacionalidad, hablando de su realidad cotidiana de manera tan despectiva. Saldrán los que argumentarán que al colombiano ha sufrido mucho y culparán a la herencia española, la violencia, la muerte de Gaitán, el narcotráfico, la injusticia social o cualquier otra causa imposible de relacionar.

Tal vez nos falta entender que el nacionalismo presupone una nación. Una nación no es sino una construcción colectiva de lo que creemos ser y, más importante, de lo que queremos ser. Para nosotros la nación inicia y termina con la selección de fútbol. Su única realidad es la camiseta que llevamos con orgullo, sólo cuando ganamos.

Los diminutivos explican por qué nunca hemos tenido política exterior, ni visión geopolítica, ni invertimos en cultura o le damos importancia a la cívica. Todo ello refleja la pobreza de nuestra colectividad. Los franceses, los chinos o los indios no son grandes por sus casitas o sus carritos. Son grandes por su nacionalidad, de la cual se sienten orgullosos y que los identifica mucho más que sus bienes personales.

El uso y abuso de los diminutivos confirma el poco amor propio que como nación tenemos.

Miguel Gómez Martínez
Presidente Ejecutivo Fasecolda.
migomahu@hotmail.com

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