Miguel Gómez Martínez
Columnista 

Liberar la educación

La pandemia agudizó este proceso pues, de la noche a la mañana, obligó a cambios radicales en unos modelos pedagógicos obsoletos.

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
marzo 02 de 2021
2021-03-02 07:30 p. m.
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Lo dice Elon Musk, cofundador de Telsa y SpaceX, el hombre más rico del mundo: “las universidades son para divertirse y no para aprender, porque se puede aprender todo lo que se quiera de forma gratuita”.

Si existe un área que hoy enfrenta grandes desafíos es la educación. La pandemia agudizó este proceso pues, de la noche a la mañana, obligó a cambios radicales en unos modelos pedagógicos ya obsoletos. Alumnos y profesores tuvieron que asumir nuevos roles para los cuales no estaban listos.

Mediciones internacionales confirman el bajo nivel de la educación básica e intermedia colombiana, en especial la pública. Se requieren grandes cambios, pero el sector está bloqueado y falta voluntad política para crear un pacto por la calidad.

Pero el problema también cobija a la educación superior. Un título universitario no es hoy un pasaporte al bienestar. Los muy bajos salarios de enganche y el elevado nivel de desempleo de profesionales confirman la disminución del valor agregado del proceso de formación.

La pandemia agudiza la crisis pues los estudiantes consideran que invertir recursos y tiempo en formatos educativos obsoletos no es la mejor opción. Hay un preocupante descenso en el número de inscritos.

Las universidades son conscientes de este cambio en las prioridades del mercado. Pero están presas de un modelo dominado por un enfoque puramente academicista de la educación donde se privilegian procesos formativos de contenido teórico con poca proyección en el mundo del trabajo.

La acreditación estandariza, con criterios estadounidenses o europeos, los requisitos que supuestamente deben garantizar la calidad de los programas. Se pierde la flexibilidad necesaria para incorporar los veloces cambios que experimentamos en el mundo. La exigencia de que las facultades estén llenas de profesores de tiempo completo, con lejana relación con el mundo productivo, aumenta la brecha con el ambiente laboral.

Los estudiantes son cada vez más vocales en señalar la necesidad de que la educación sea pertinente y útil. Los jóvenes tienen otras prioridades y sueños. Existen formatos de educación que ofrecen formaciones más cortas y que utilizan intensivamente los recursos tecnológicos. Su costo es menor que los esquemas tradicionales donde las enormes inversiones exigidas por las certificaciones de acreditación se traducen en costos desmedidos para los alumnos y sus familias.

Irónicamente, uno de los ambientes más reacios al cambio y al cuestionamiento de lo establecido, es el mundo de la educación. La docencia y la academia son un mundo tranquilo e inercial donde la presión por resultados no es prioritaria. Las mismas auto-evaluaciones del sector, centradas en promover investigaciones muchas veces irrelevantes, confirman su distancia con una realidad que avanza a un ritmo mucho más dinámico.

Liberar la educación del sindicalismo, el intervencionismo y del conformismo para crear ambientes de formación flexibles y prácticos es urgente.

Miguel Gómez Martínez

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