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Miguel Gómez Martínez

Maniqueísmo, fariseísmo y simplismo

Al ciudadano le corresponde la difícil tarea de valorar los riesgos y elegir, no el mejor, sino el menos malo.

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
junio 07 de 2022
2022-06-07 10:23 p. m.
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Superada la primera vuelta, entramos en la fase decisoria. La campaña presidencial ha sido, con muy contadas excepciones, un triste espectáculo en materia de propuestas e ideas. Abundan los argumentos que reducen la realidad y niegan la complejidad. Quedan muchos vacíos y dudas sobre la viabilidad de la oferta política sobre la cual deben pronunciarse los ciudadanos en las urnas.

La primera característica ha sido el exceso de maniqueísmo. Cada uno define los bandos en buenos y malos. Es cierto que la política se hace por contrastes donde las diferencias deben acentuarse para poder generar opciones claras. Pero el recurso a descalificar al adversario asimilándolo a todo lo malo y perverso, se traduce inmediatamente en un empobrecimiento de los argumentos. Habría que partir de la base de que la política no es propiamente un ambiente de transparencia, coherencia y lealtad. ‘Buenos’ y ‘malos’ son todos dependiendo de las preferencias ideológicas de cada uno.

Más grave es el fariseísmo definido como “actitud de la persona que es hipócrita y finge una moral que no tiene”. En este proceso electoral se cubren de un hálito de transparencia e incorruptibilidad mientras los rodean siniestros personajes de elevados niveles de inmoralidad. Algunos intentan disfrazar y esconder sus estrechos vínculos con oscuros personajes. Otros ni siquiera disimulan porque valoran más la utilidad de las maquinarias corruptas que el daño temporal a sus imágenes. Mucho discurso fariseo contra la corrupción o promulgando una independencia de los intereses creados cuando están cercados por corruptos y financiados por los mismos de siempre.

Y están los simplistas para los cuales una palabra resume todo su programa. Sostienen que todo se arregla con más educación sin reconocer que la mala calidad de ésta agrava los problemas en lugar de resolverlos. Hay los que atribuyen a la corrupción la raíz de todos los males nacionales y que creen que es un tema sencillo de resolver. Están los obsesivos del cambio que abusan del concepto sin definirlo. Parece como si el Estado tuviese la varita mágica que todo lo arregla con normas, subsidios e intervenciones sin tener en cuenta las graves deficiencias que tiene el gasto público.

En estas elecciones han sobrado los discursos políticos y brillado por su ausencia las visiones de Estado. Lo único que realmente importa es ganar y acceder al poder. Las ideas, su viabilidad, las propuestas cuantificadas y las reformas que serían necesarias para poder realizarlas, han pasado a un último lugar. Se puede prometer todo así no sea viable. La responsabilidad y respeto de los candidatos con los electores es mínima.
Nada de lo aquí descrito es exclusivo de Colombia. La decadencia del modelo democrático es generalizada. Al ciudadano le corresponde la difícil tarea de valorar los riesgos y elegir, no el mejor, sino el menos malo.

MIGUEL GÓMEZ MARTÍNEZ
migomahu@gmail.com

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