Miguel Gómez Martínez
Columnista

Medallas

En el fondo los Olímpicos son una demostración de que los seres humanos no somos iguales y que la búsqueda de la excelencia es una condición natural. 

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
agosto 03 de 2021
2021-08-03 10:45 p. m.
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En un mundo que dice ser meritocrático pero que busca, por todas las formas impedirlo mediante un igualitarismo obsesivo, los Juegos Olímpicos son una buena síntesis de los dos conceptos.

A Tokio no llega sino una pequeñísima élite de deportistas que han logrado sobresalir. Son la meritocracia en su sentido más exclusivo. Miles de horas de sudor, sacrificio, dolor y concentración transforman a un ser humano en un olímpico. Están ahí los mejores de cada nación. Los que desfilan en la inauguración son todos seres excelentes en el sentido más puro de la excelencia.

Pero al iniciar la competencia, la desigualdad se impone. Aún a ese nivel ultra selectivo, hay unos mejores que otros. Hay razones genéticas como el caso de los velocistas de Jamaica o los fondistas de Etiopía. Existen factores históricos, climáticos, raciales y culturales que también favorecen a unos en detrimento de otros. Ser pequeño es una ventaja en gimnasia y un inconveniente en salto alto. No son las mismas habilidades las que permiten ser oro en tiro con arco, ping-pong o pesas. Nuevamente aparece la maravillosa desigualdad del hombre.

Todos los que van a las competencias olímpicas, los 11.711 que están en Japón, son admirables. Merecen el respeto de todos nosotros. El mérito de cada uno de ellos ya es inmenso y seguro será algo de lo que podrán sentirse orgullosos por el resto de sus vidas. Los demás debemos reconocer su grandeza. Mi admiración para cada uno de ellos.

Pero si yo fuese presidente del Comité Olímpico Internacional eliminaría el podio con los primeros tres puestos. No puedo sacar de mi mente que la medalla de plata, por meritoria que sea, es el reconocimiento al primer perdedor. Sólo hay un triunfador. Tal vez sea mi espíritu competitivo, pero la cara del segundo me da angustia. Haber estado tan cerca y no haberlo logrado me parece una inmensa frustración. Peor que la del eliminado en la primera ronda.

El reconocimiento de la plata y el bronce es triste. Ni siquiera escuchan su himno. Fuerte.

La maravillosa Declaración de los Derechos Humanos de 1789 lo dijo con claridad: “los hombres nacen libres e iguales en derechos”, que es muy distinto a decir que nacen libres e iguales. Somos iguales frente a la ley pero no somos iguales. Son dos dimensiones bien diferentes de la igualdad.

Ni siquiera en el ápice de la excelencia deportiva hay igualdad. En el fondo los Juegos Olímpicos son una hermosa demostración de que los seres humanos no somos iguales y que la búsqueda de la excelencia, que no es sino una forma de mostrar superioridad, es una condición natural del ser humano. Rousseauistas, igualitaristas, socialistas y comunistas deberían reflexionar sobre lo que el espíritu olímpico significa sobre la naturaleza competitiva del ser humano.

Miguel Gómez Martínez
Presidente de Fasecolda
migomahu@hotmail.com

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