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Miguel Gómez Martínez

Todos perdemos

Pocos parecen entender que el goce malsano con la destrucción colectiva de una estructura vital nos llevará al abismo.

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
junio 14 de 2022
2022-06-14 09:04 p. m.
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“El goce malsano con la destrucción colectiva de una estructura vital es la manifestación política de la decadencia” afirmaba Álvaro Gómez Hurtado. Esa frase se aplica, como anillo al dedo, a la coyuntura actual de Colombia.

Se dice que las elecciones son una fiesta democrática y que cuando el pueblo va a las urnas, las instituciones salen fortalecidas. Esta elección no está fortaleciendo nuestra democracia ni las instituciones que la encarnan. Por el contrario, el debate actual, lleno de bajezas y pobreza ideológica, desnuda la realidad de una sociedad que, en una actitud de goce malsano, parece disfrutar con la decadencia.

Lo sucio de las estrategias, la magnitud de las mentiras, la ambición por el poder, el espíritu de revancha, las alianzas sin escrúpulos, la compra de votos y la manipulación de los hechos en las redes sociales, son algunas de las facetas de este fenómeno. Esta campaña ha llevado los límites de la indignidad a extremos insospechados hasta el momento.

La ética, la decencia y el respeto de la ley han quedado en el desván. Se violan los principios más elementales como el de no involucrar a las familias con sus dramas y dolores. Se tergiversan las declaraciones sacándolas de contexto. Se modifican las fotos con titulares mentirosos, se abusa del desprecio por el adversario para aumentar la polarización y se contratan “expertos en comunicaciones” que realmente son artistas del juego sucio mediático.

Se superan los límites de gasto, se reciben aportes en efectivo, se aceitan las maquinarias de los votos comprados, se presiona a los funcionarios públicos para que incidan en los resultados, e incluso se sospecha que el sistema electoral está siendo manipulado. Todo esto en la más absoluta impunidad.

Ante esta embriaguez de mala sangre y mala leche, las instituciones no reaccionan. Tampoco lo hace la opinión pública que observa, con interés, el grotesco espectáculo como lo hacían los romanos en el circo.

Se dice que en la primera vuelta el pueblo manifestó su hastío de la política tradicional.
Si ello fuese cierto, no estaríamos presenciando la campaña electoral más sucia y lamentable de nuestra historia.

Que el país refleje una división muy fuerte y tan cerrada es una señal que debería preocuparnos. Después de tantos golpes bajos y bajeza, quedan heridas profundas y cicatrices difíciles de borrar. El que resulte triunfador tendrá un mandato débil pues la mitad del país lo rechazará tajantemente. Será muy difícil construir los consensos que el país requiere para afrontar las inaplazables reformas que son urgentes.

Pocos parecen entender que el goce malsano con la destrucción colectiva de una estructura vital nos llevará al abismo. Nadie gana cuando rompemos los diques elementales de la decencia y la legalidad. Todos perdemos y mucho. Podemos incluso perderlo todo.

***
Coletilla: infiltración no es igual a filtración.

Miguel Gómez Martínez
migomahu@gmail.com

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