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¿Camino a la utopía?

El siglo XX estuvo lejos de ser una panacea, pero los avances materiales para los habitantes del planeta son innegables pese a las desigualdades.

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A finales de año salió una nueva historia del siglo XX que analiza el largo siglo XX (1870-2010), en contraste con la historia del corto siglo XX (1914-1991) de Eric Hobsbawm. Su autor es J. Bradford DeLong, profesor de economía de la Universidad de California en Berkeley, quien argumenta convincentemente las razones por las que el mundo se enriqueció en esos años, una época en la que venimos “encorvándonos hacia la utopía”, si se traduce literalmente el título de su libro.

DeLong expone tres ideas fundamentales que explican la creación de riqueza durante el largo siglo XX, “los años más consecuentes de toda la humanidad”: la primera ola de globalización; el surgimiento de los laboratorios industriales de investigación; y las corporaciones empresariales modernas. Estas transformaciones se dieron alrededor de 1870, y originaron las instituciones para la organización, para la investigación y para la tecnología que derrumbarían las barreras que tenían sumida a la humanidad en la pobreza.

La primera globalización, abarató los costos de transporte marítimo y ferroviario, y las nuevas formas de comunicación acortaron las distancias, facilitando procesos migratorios. Cierto, la posibilidad de migrar no era igual para todo el mundo, los habitantes de China e India, entre otros, no eran bienvenidos en las zonas templadas del globo, lo que generaba presiones a la baja en los salarios de las regiones adonde sí podían migrar, básicamente lo que hoy se conoce como el Sur Global. Esto generó disparidades regionales en términos de ingreso. La capacidad de construir infraestructura tampoco era homogénea entre países, y se creó una división internacional del trabajo que llevó a las zonas tropicales a especializarse en la oferta de productos agrícolas de bajo valor agregado a cambio de bienes manufacturados de mayor valor agregado.

Los laboratorios de investigación produjeron los desarrollos tecnológicos y las innovaciones que permitirían superar la trampa maltusiana del crecimiento de la población por encima de la oferta de alimentos, una de las principales barreras para salir de la pobreza. Entretanto, las grandes corporaciones burocráticas organizaron a comunidades competentes para propagar los frutos de la investigación y el desarrollo, dando origen a lo que se conoce como la Segunda Revolución Industrial.

Sabemos que el siglo XX estuvo lejos de ser una panacea, pero los avances materiales para todos los habitantes del planeta son innegables a pesar de las grandes desigualdades socioeconómicas que se generaron en el proceso. También sabemos que subsisten riesgos que puedan descarrilarnos del camino hacia la utopía, tanto a nivel global como local. El principal peligro, como quedó ampliamente demostrado con la Segunda Guerra Mundial, es que demos rienda suelta a la ideología. DeLong habla de la maldición del ideólogo:Ver un futuro utópico en su propia mente y creer que está a su alcance, y que sus acciones, incluso si son severas, incluso sin son crueles y brutales, pueden acercarlo, sacarlo del reino de la fantasía, hacerlo realidad aquí en la tierra”.

ÁLVARO J. MORENO GARCÍA
Profesor Inalde Business School

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