Otros Columnistas
columnista

Juntas directivas: prototipos culturales

La cultura de cada junta directiva es particular y resulta de una mezcla de múltiples prototipos.

Otros Columnistas
POR:
Otros Columnistas
mayo 22 de 2019
2019-05-22 10:16 p.m.
https://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/04/05/5703e5663d293.png

Cada junta directiva es un mundo, con su propia dinámica y forma de hacer las cosas. Existen diversos prototipos de referencia para facilitar la identificación de rasgos relevantes en la cultura de una junta. Beverly Behan, en su libro Compañías excelentes merecen juntas excelentes, identifica cuatro tipos de junta directiva caracterizados desde su relación con el gerente general o presidente al que acompañan.

La junta imperial es aquella en la cual los miembros son escogidos por el gerente general, comúnmente amigos que poco lo cuestionan, y en la que solo a alguno de sus integrantes, que goza del respeto genuino del gerente, este le solicita consejo. La independiente, en otro extremo, es una en la que los miembros carecen de conflicto de interés con la gerencia y, por tanto, su foco es la empresa por encima del ejecutivo. La atrincherada es una versión de la independiente, en la cual sus miembros no privilegian la organización, sino el interés por conservar su puesto y honorarios. Son juntas complacientes con la gerencia, siempre que cumpla las reglas básicas, poco aportantes y resistentes a su cambio cultural. La junta hostil es una en la cual la relación con la gerencia está dominada por el conflicto, la comunicación es pobre y gira entorno a cuestionamientos, y la desconfianza termina por volver insostenible la permanencia del gerente.

Desde otro ángulo, la firma consultora Spencer Stuart plantea cuatro estilos básicos en los cuales encajan la mayoría de las culturas de las juntas directivas: las juntas curiosas, valoran el intercambio de ideas y la exploración de alternativas, son flexibles y abiertas al cambio. Las decisoras, que privilegian discutir sobre los resultados y tomar decisiones dirigidas a objetivos particulares, son más rígidas y valoran la experticia individual de sus miembros. Las colaborativas, que prefieren la construcción de consensos desde el esfuerzo colectivo y la mirada general a los temas desde el propósito superior de la organización. Finalmente, las juntas disciplinadas privilegian la consistencia en la gestión, los protocolos, la planeación y la administración de riesgos.

Desde una mirada más coloquial, los que han participado de una junta o reportado a ella, habrán identificado rasgos de la junta social, donde poco se habla de los negocios; la forense, en la cual toda la conversación gira entorno al pasado; la policiva, cuya misión central es controlar a la gerencia; la espectadora, que solo tiene permitido escuchar al gerente y en la que es mal visto preguntar u opinar; la pedagoga, donde la agenda se ocupa en coadministrar y tomar la lección al gerente de las tareas que se le encargó; la anfiteatro, escenario central para dar trámite al conflicto entre sus miembros o accionistas, y la asamblea, compuesta por accionistas para conversaciones de propietarios más que de negocios.

La cultura de cada junta directiva es particular y resulta de una mezcla de múltiples prototipos, como los citados y otros tantos, en diferentes proporciones. Para quienes participan de una junta, le reportan a ella o tienen la responsabilidad de reclutar sus miembros, es de utilidad reconocer estos rasgos culturales para preservar los que son favorables para su dinámica y gestión, y para cuestionar los que le resultan perjudiciales con el fin de cumplir efectivamente con su papel en el gobierno corporativo.

Carlos Téllez
Consultor empresarial

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes