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Coyuntura

Con la munición escasa

Ante el frágil equilibrio de la economía mundial, es momento para establecer qué tan amplio es el margen para mitigar repercusiones de la situación.

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septiembre 17 de 2019
2019-09-17 10:56 p.m.
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La economía global es hoy un lugar hostil para los optimistas. Las señales de desaceleración se multiplican en Europa y China, y empiezan a aparecer en EE.UU. Los mercados financieros experimentan fuertes fluctuaciones y lucen cada vez más distorsionados. Las perspectivas de los empresarios y los consumidores se han deteriorado. Como si esto no fuera suficiente, la prolongada guerra comercial entre Washington y Beijing y riesgos geopolíticos añaden un manto de incertidumbre que los agentes no terminan de asimilar.

En este entorno convulsionado, resulta llamativo que durante el primer semestre el PIB colombiano haya crecido a su tasa más alta en cuatro años. No obstante, dicho resultado no implica que seamos inmunes a lo que ocurre en otras latitudes. Creemos que esta desalineación se debe, en buena medida, a que nuestra economía responde de forma rezagada a tales acontecimientos. Por lo tanto, la pregunta no es si estos nos afectarán o no, sino en qué momento será evidente el impacto.

Así las cosas, ante la eventualidad de que el frágil equilibrio de la economía mundial se llegase a resquebrajar, este es un momento adecuado para establecer qué tan amplio es el margen que tendrían los responsables de la política económica para mitigar las repercusiones de dicha situación. Para ello, realizamos una medición para Colombia y otras economías emergentes que cubre tres frentes: el monetario, el fiscal y el externo.
En el primero, la postura inicial de la política monetaria y la desviación con respecto al objetivo de inflación definen si el banco central puede reducir las tasas de interés. En el segundo, los niveles de déficit y endeudamiento público consistentes con las calificaciones de riesgo indican si la autoridad fiscal podría implementar medidas contracíclicas. Por último, evaluamos el nivel de reservas internacionales frente a los parámetros del FMI, para así determinar si el colchón de activos externos puede absorber un choque financiero.

El análisis arrojó varios hallazgos interesantes. El más importante es que, pese a que el mundo emergente tiene en la actualidad un espacio de respuesta, este es bastante limitado.

Al desagregar las cifras, el rubro de las finanzas públicas es el más comprometido, ya que en la última década los gobiernos han ampliado sus déficits y han acumulado deuda a un ritmo acelerado.

Nuestro país registra unos resultados similares a los del grupo analizado, pero en unos órdenes de magnitud mayores. El indicador agregado muestra que la capacidad de reacción actual es menos de una quinta parte de la que se tenía antes de la crisis de 2008. Las presiones inflacionarias y el bajo nivel actual de las tasas de interés hacen que el espacio para relajar la política monetaria sea estrecho. En el frente de las reservas internacionales se observan mejoras en años recientes, pero ante un periodo prologando de estrés financiero externo surgirían dificultades.

Sin embargo, nuestros cálculos muestran que la dimensión de las finanzas públicas es la más crítica: en lugar de disponer de espacio de estímulo, se requiere de un ajuste adicional. Esto quiere decir que las medidas de consolidación fiscal que se han implementado hasta ahora tendrían que seguir desplegándose en los próximos años, incluso si un enfriamiento de la economía global llegara a golpearnos.

Esta restricción no proviene de la regla fiscal, ya que esta contempla mecanismos de respuesta y amortiguación de choques ante cambios en el ciclo productivo. Es el saldo del endeudamiento público el factor que podría atar las manos de las autoridades.

En efecto, en lo que va de la década la deuda del Gobierno Nacional ha presentado una continua tendencia al alza, hasta superar hoy el 50% del PIB. Tales niveles implican acercarse a un umbral en el que no solo se complica mantener el grado de inversión, sino que también se corre el riesgo de llegar a un estado de dominancia fiscal.

Caer en esta situación, cuyo referente más cercano es el de Brasil en los primeros años de esta década, implicaría alterar el orden macroeconómico del país. Esto se debe a que la mayor parte de las decisiones de política económica serían afectadas y quedarían supeditadas a las necesidades de refinanciación y al creciente servicio de la deuda de la administración central.

Por lo tanto, no es de sorprender que para muchos tenedores internacionales de TES el stock de la deuda esté pasando a ser una variable fiscal de primer orden de importancia, incluso comparable al déficit total y al cumplimiento de las metas relacionadas con este.
Lo antes expuesto debería servir, por un lado, como un llamado a la acción para fortalecer los motores de la economía local -particularmente la inversión privada- y para prepararse de manera proactiva a convivir con un contexto mundial más retador.

Por otra parte, es recomendable que las autoridades analicen con detenimiento las iniciativas que puedan presionar al alza el endeudamiento público. Por ejemplo, es importante resaltar que un efecto colateral de las operaciones de manejo de deuda que el Gobierno ha empleado en el último año, y que podría volver a ejecutar en el futuro, es limitar la reducción del saldo de sus pasivos.

La historia ha demostrado que la economía colombiana es resiliente y tiene una gran capacidad de absorber choques. Con decisiones oportunas y responsables podemos contribuir a que esto siga siendo así, máxime sabiendo que la munición con la que contamos para resistir a los embates del resto del mundo es escasa.

Juan Pablo Espinosa
​Director de Investigaciones Económicas, Sectoriales y de Mercado
Grupo Bancolombia

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