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Análisis

Crisis económica y crisis de la economía

Las teorías económicas son independientes unas de otras, y una no reemplaza a la otra. 

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abril 28 de 2019
2019-04-28 05:30 p.m.
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La gran recesión iniciada en el 2007 fue la crisis económica global más seria desde la Gran Depresión de 1930. Sin embargo, gran parte de los economistas y la casi totalidad de las teorías económicas de la precrisis, no la vieron venir o la consideraban imposible.

Uno se pregunta: qué ocurriría si la profesión médica declara que una determinada enfermedad o virus no existe, o si llegase a existir, pontificar que no tendrá mayor impacto sobre un grupo de pacientes, pero esta llega y los extermina a casi todos? Esto último crearía una verdadera crisis en la profesión médica y una pérdida de su credibilidad.

¿Por qué no ha pasado lo mismo con los economistas después de haber fallado en diagnosticar y prevenir la gran recesión?

Buscando el origen de tamaño error, uno tiene que remontarse a examinar la teoría y los modelos económicos en boga de corte neoclásico y su peregrina idea de que el dinero es tan solo un ‘velo’ que no tiene ningún impacto sobre las variables reales de la economía, como el producto y el empleo.

Esta concepción en variadas vertientes, ha llevado a que la mayoría de los modelos macroeconómicos no tuvieran en cuenta al sistema financiero, ni pensar que pudiera, eventualmente, ser fuente, por sí mismo, de inestabilidad.

Los economistas que creían que este enfoque estaba equivocado, como Minsky y Kindleberger, fueron ignorados como ejemplos de planteamientos exóticos o como análisis de interés puramente histórico, con una influencia marginal o nula sobre el grueso de la profesión y sus luminarias académicas y el paradigma teórico dominante.

Sin embargo, las repercusiones de la gran recesión han generado una verdadera crisis en la macroeconomía, y hoy nos encontramos en una encrucijada, ya que muchos temas que se consideraban resueltos en la precrisis se han reabierto y han llevado a cuestionar todo el andamiaje del paradigma económico dominante.

Los teóricos neoclásicos creen que las economías se autorregulan y tienden a un equilibrio con pleno empleo de los factores de producción. Esa es la concepción que entró en crisis después de la Gran Depresión y que previamente había también dado origen a la revolución de Keynes con su ‘Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero’, 1936.

Si pensábamos que ese esquema había sido ya revaluado y reemplazado por la economía keynesiana, estábamos equivocados. Keynes demostró que el dinero, además de ser una unidad de cuenta y medio de cambio, también es un acumulador de valor o riqueza que lleva a que el dinero, por sí mismo, pueda generar deficiencias de demanda agregada y, por ende, situaciones de equilibrio por debajo del pleno empleo, cuando las expectativas de los consumidores y los inversionistas cambian.

La teoría neoclásica no ha logrado enterrar la presencia de la incertidumbre y la volatilidad de la inversión (animal spirits) en las decisiones económicas.

En una economía que se autorregula y llega al pleno empleo, las intervenciones del Gobierno no solo son innecesarias, sino indeseables y, potencialmente, desestabilizadoras.

En la concepción de Keynes, el exceso de ahorro agregado por encima de la inversión agregada requieren de la intervención del Estado para aumentar la demanda y reducir el desempleo.

Desafortunadamente, el enfoque keynesiano entró en crisis en los años 1970 con la confluencia de la alta inflación y estancamiento del crecimiento económico (stagflation), y fue reemplazado por una versión ‘reencauchada’ del modelo neoclásico (con Milton Friedman), que propone limitar la intervención del Estado a controlar la oferta monetaria, ya que la política fiscal no puede influenciar en el largo plazo (solo temporalmente en el corto plazo) el nivel total del gasto agregado. Este enfoque se atribuye el éxito de la gran moderación (los 15 años que precedieron a la crisis), con baja inflación y pleno empleo en las economías avanzadas.

Esta era la teoría dominante vigente en el 2007, al comienzo de la gran recesión, si bien las causas inmediatas fueron la acumulación de deuda privada y la irresponsabilidad y ambición desmedida del sistema financiero.

El Estado y, en particular, los bancos centrales tuvieron que entrar al salvataje del sistema, creando una montaña de deuda pública que pasó del 50 por ciento del PIB en los años noventa 1990, al 170 por ciento en el 2008. Aun así, muchos aún culpan de la crisis al Estado.

A diferencia del progreso en las ciencias sociales, en las ciencias naturales ocurren ‘revoluciones científicas’, en las cuales un paradigma (que incluye la teoría, los métodos y estándares aceptados por una profesión) descubre anomalías que no puede explicar, que llevan a su crisis y a su reemplazo por un nuevo paradigma –en el cual “las anomalías se vuelven lo esperado”, T. Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions, 1970).

Estas revoluciones no acumulativas, sino radicales, permiten que la nueva teoría pueda hacer predicciones que son diferentes a las que se derivaban del paradigma anterior.

El nuevo paradigma es lógicamente incompatible con el anterior y, así, por ejemplo, la teoría de Einstein se puede aceptar solo si se reconoce que Newton estaba equivocado. Ese cambio de paradigma lleva a los científicos a ver el mundo de una manera radicalmente diferente. En las ciencias naturales el poder de efectuar predicciones exactas es el verdadero test de la validez de una hipótesis científica.

En la teoría económica es muy difícil demostrar progreso, puesto que la realidad social cambia constantemente. Es precisamente la variabilidad del sujeto de estudio lo que diferencia a las ciencias sociales de las naturales, con la imposibilidad de satisfacer el ‘criterio de universalidad’.

Las teorías económicas son independientes unas de otras, y una no reemplaza a la otra. Los avances en la teoría económica ocurren esencialmente por un proceso de síntesis y no de cambios de paradigma, en el cual se asimilan innovaciones demasiado importantes para ser ignoradas.

Así es que, pasamos del modelo clásico, al neoclásico, al keynesiano, al nuevo keynesianismo, etc. Muchos de estos ‘compromisos sintetizadores’ esconden ideologías fundamentalmente incompatibles: unas que buscan eliminar el espacio para el accionar del Estado, regresando a los postulados clásicos tradicionales del laissez faire, versus las concepciones keynesianas que creen que la intervención estabilizadora del Estado en la economía es esencial para prevenir crisis sistémicas y equilibrios indeseables.

“El progreso en economía consiste en darle mayor precisión a la formulación de ideas, no al mayor poder explicatorio de las ideas en sí” (R. Skidelsky, Money and Government: The Past and Future of Economics, 2018).

Fernando Montes Negret 
Economista financiero

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