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Análisis

Del espiritu animal y las predicciones

El crecimiento dejó de ser sinónimo de industrialización y se volvió un asunto de intangibles: servicios, instituciones, creatividad y marketing.

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diciembre 06 de 2019
2019-12-06 08:00 p.m.
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Hay un par de temas esotéricos que a veces ameritan reflexión. El primero de ellos es el llamado espíritu animal, concepto acuñado por Lord Keynes en el capítulo 12 de su Teoría General.

Uno de los libros técnicos de mayor venta en los Estados Unidos en ésta década que culmina se titula Animal Spirits, de Akerlof y Shiller, ambos Premios Nobel de Economía.

Insisten en que las decisiones de los agentes económicos no se basan solamente en cálculos racionales sino que también pesan otras cosas que los economistas tienden a minimizar. La teoría convencional no explica desviaciones importantes y abruptas en el producto, ni en el empleo, ni en los precios de los activos, ni por qué el mercado no corrige tales desviaciones rápida y automáticamente.

Asimismo, períodos de bonanza y euforia despiertan la tentación a obtener ganancias fáciles a expensas de la confianza ajena. Estos períodos dan lugar a contabilidad creativa, a una mayor laxitud en los controles y al surgimiento de firmas tipo DMG, aprovechándose de los crédulos, además de que “todos lo están haciendo”. Tal relajo ético es una manifestación más del espíritu animal.

Los autores utilizaron sus teorías para describir la crisis del 2008. Esta se origina con las bajas tasas de interés para estimular la economía norteamericana, después de la recesión del 2001. Lo anterior dio lugar a un incremento de la construcción de viviendas y, sobre todo, de sus precios. Alzas en los precios de las viviendas, en lugar de reducir la cantidad demandada, la aumentaron, ya que no sólo se elevaba el PIB sino que aumentaba la confianza.

Se comienza a elaborar el cuento de que estamos entrando a una nueva era de baja inflación y tasas de interés bajas, por lo que los activos valdrán más. ¡Hay que comprar viviendas antes de que suban más! Tal frenesí contagió a la banca, que comenzó a extender hipotecas a personas más riesgosas. Total, si no pagaban, el banco tenía como garantía la casa, cuyo valor se creía seguiría subiendo.

Además, como se canalizaban más recursos a hipotecas y a la construcción de viviendas a través de la titularización, serían otros y no la banca los que perderían si las hipotecas no se pagaban. Tales paquetes titularizados fueron clasificados como instrumentos de bajo riesgo por las agencias clasificadoras.

Toda esta ingeniería financiera se aprovechaba de la euforia y credulidad de los agentes, lo que retroalimentaba el alza de los precios de las viviendas, hasta que hubo el pinchazo a la burbuja.

Aquí hay reto sugestivo para los economistas colombianos: incorporar concreciones específicas del espíritu animal al análisis económico, para lo cual tendríamos que adentrarnos en el mundo freudiano, en el ámbito de la sicología, y en el conductismo. Es más, la profesión de economista puede estar perdiendo su sesgo ingenieril, con su carga matemática.

El crecimiento dejó de ser sinónimo de industrialización y del mundo físico de las fábricas, y se convirtió en un asunto de intangibles: servicios, instituciones, psicología, comunicación, creatividad y marketing y más marketing.

El otro punto es que en la ciencia económica han sido muchas y notorias las equivocaciones de los expertos. Sin embargo insisten en jugar a ser futurólogos, con la diferencia de que en lugar de una bola de cristal o la palma de la mano, utilizan sofisticados modelos econométricos.

Lo cierto es que los pronósticos se han vuelto poco fiables. John K. Galbraith, a quien la ortodoxia económica nunca lo reconoció como un tipo brillante, sostiene que ello es así porque si fueran ampliamente confiables, sus autores jamás los transmitirían al público; ello representaría un acto de generosidad inconcebible, ya que si se guardaran para uso exclusivo de las personas o de las organizaciones que los elaboran y patrocinan, los beneficios resultantes darían una acumulación de riqueza casi infinita.

Al cumplir 15 años en 1992, la desaparecida revista Estrategia Económica y Financiera, consultó la opinión de “75 destacados economistas jóvenes y viejos”, para escoger los 15 mejores economistas de la historia del país. La lista de escogidos, en orden alfabético, fue la siguiente: Lauchlin Currie, Salvador Camacho Roldán, Javier Fernández, Luis Jorge Garay, Antonio García, Florentino González, Esteban Jaramillo, Roberto Junguito, Salomón Kalmanovitz, Alejandro López, Alvaro López Toro, Carlos Lleras Restrepo, Luis Eduardo Nieto, José Antonio Ocampo, Luis Ospina Vásquez, Eduardo Sarmiento y Miguel Urrutia.
Hoy, 27 años después de la publicación de este ranking, parecería que aún no aparecen figuras descollantes que alcancen a figurar en la lista del Top Ten o del Top Fifteen.

Alrededor de las proyecciones económicas se ha creado toda una industria. Y aun cuando los resultados difieren sustancialmente de las predicciones, los expertos en futurología económica no dejan de cotizarse y no pierden credibilidad; por el contrario, continúan empeñados en repetir sus malabares. Cuentan con una ventaja: sus previsiones son fácilmente olvidadas.

Existen dos razones de peso que explican el bajo acierto de las cábalas económicas: en primer lugar, la economía es una ciencia social y como tal se ocupa de las relaciones entre seres humanos cuyos juicios son cambiantes.

Segundo, muchas de las fuerzas que inician el cambio no pueden ser previstas, pues no entran en el campo de conocimiento de los economistas.

Moraleja: Un economista es aquel cuya función principal consiste en equivocarse. Equivocándose se avanza hacia la verdad. O como dice Juan Carlos Echeverry, a los economistas les pagan por preocuparse.

Rafael España González 
Director del área  económica de Fenalco

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