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Donald Trump declara una guerra comercial contra China

Ningún poder soberano podría aceptar las humillantes demandas hechas por EE. UU.

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mayo 11 de 2018
2018-05-11 06:17 p.m.
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La administración Trump le ha presentado a China un ultimátum en asuntos de comercio. Eso es lo que realmente representó el “borrador del marco” estadounidense para las conversaciones con funcionarios chinos la semana pasada.

China no podía acceder a sus demandas. La administración estadounidense es tan necia que no entiende esto o tan arrogante que no le importa. Éste puede ser un momento decisivo para las relaciones entre las dos mayores potencias.

El lado estadounidense exige las siguientes “acciones concretas y verificables”. China ha de reducir el desequilibrio comercial en US$100.000 millones en los 12 meses que comienzan el 1 de junio de 2018 y en otros US$100.000 millones en los 12 meses que comienzan el 1 de junio de 2019.

China también debería eliminar de inmediato las “subvenciones que distorsionan el mercado” y que conducen al exceso de capacidad. China ha de fortalecer la propiedad intelectual y eliminar los requisitos relacionados con la tecnología en el caso de las empresas conjuntas.

“Además, China acepta cesar sus atentados en contra de la tecnología y de la propiedad intelectual estadounidenses a través de operaciones cibernéticas, de espionaje económico, de falsificación y de piratería. China también acepta cumplir con las leyes de control de exportaciones”.

Asimismo, China retirará las solicitudes de consultas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) relacionadas con acciones arancelarias sobre la propiedad intelectual. “Además, China no tomará ninguna medida de represalia en respuesta a las de EE. UU., incluyendo las nuevas restricciones estadounidenses; China cesará inmediatamente todas las acciones de represalia que esté llevando a cabo”.

China “no se opondrá, desafiará o tomará represalias en contra de la imposición de restricciones a las inversiones de China en sectores tecnológicos delicados o en sectores críticos para la seguridad nacional estadounidense”. Pero “a los inversionistas estadounidenses en China se les debe conceder un trato y un acceso al mercado justo, efectivo y no discriminatorio, que incluya la eliminación de restricciones a la inversión extranjera y de requisitos de propiedad extranjera/participación accionaria”.

Para el 1 de julio de 2020, China reducirá los aranceles en los “sectores no críticos a niveles que no sean más altos que” los aranceles estadounidenses equivalentes. También abrirá el acceso a servicios y a productos agrícolas como lo especifica Estados Unidos.

El acuerdo ha de ser monitoreado trimestralmente. Si EE. UU. concluye que China no está cumpliendo con el acuerdo, puede imponer aranceles o restricciones a la importación. China “no se opondrá, desafiará ni adoptará ninguna forma de medidas en contra de” tales imposiciones. China también retirará su queja ante la OMC de que no está siendo tratada como una economía de mercado.

¿Cómo podemos interpretar estas demandas? La exigencia de una reducción de los déficits comerciales bilaterales en un total de US$200.000 millones (un aumento de los US$100.000 millones anteriores) es ridícula. Tal demanda requeriría que el Estado chino tomara el control de la economía, precisamente lo que, en otros sentidos, EE. UU. le exige que no haga.

Es una violación de los principios de no discriminación, de multilateralismo y de conformidad con el mercado que respaldan el sistema comercial que Estados Unidos creó. De hecho, debería estar avergonzado de sí mismo. Ignora la abrumadora probabilidad de que esto no reduzca los déficits generales, en particular dada la irresponsabilidad fiscal del país. Ignora los inevitables efectos adversos en terceros países.

La demanda de que China tenga exactamente los mismos aranceles que EE. UU. es casi igualmente ridícula. No existe argumento económico alguno que apoye tal política. Sería mucho más razonable exigir que se movieran hacia el mismo arancel promedio que el de EE. UU. o el de la Unión Europea (UE). De hecho, se debiera llevar a cabo una seria discusión acerca de los términos de la inversión extranjera en China y de la inversión china en EE. UU.

Por lo tanto, también debe haber una discusión sobre la protección de la propiedad intelectual y sobre el ciberespionaje. Pero China nunca podría aceptar la idea de que EE. UU. pueda impedirle que actualice su tecnología.

La noción de que EE. UU. puede insistir en tener acceso irrestricto a la inversión en China mientras que se reserva el derecho de restringir la inversión china, a su antojo, también debe ser inaceptable.

Por último, la idea de que EE. UU. sea juez, jurado y verdugo, mientras que China se verá privada de los derechos de tomar represalias o de recurrir a la OMC, es absurda. Ningún gran poder soberano podría aceptar tal humillación. Para China, equivaldría a una versión moderna de los “tratados desiguales” del siglo XIX.

Los estadounidenses parecen estar seguros de que pueden obligar a los chinos a pedir la paz, por más absurdos y humillantes que sean los términos. China estaría más afectada por una guerra arancelaria ‘ojo por ojo’ que EE. UU. Esto se debe a que sus exportaciones eclipsan a las de EE. UU.

Un reciente análisis de la Institución Hoover sugiere que el crecimiento económico de China pudiera reducirse en 0,3 puntos porcentuales en una guerra arancelaria. Eso es mucho más costoso que para Estados Unidos, pero una economía tan dinámica como la de China podría sobrevivirlo. Para los líderes de China, tales costos serían eclipsados por los costos de una degradante rendición.

Tanto desde el punto de vista económico como del político, la administración de Trump está abordando mal el asunto, no sólo porque está buscando humillar a China, sino también porque está simultáneamente librando una guerra comercial contra sus potenciales aliados. El camino correcto para todos sería hacer que la discusión fuera multilateral, no estrechamente bilateral.

China debería reconocer que, aunque sigue siendo un país en desarrollo en algunos aspectos, también es una superpotencia. Debiera adoptar los principios de la apertura y del comercio liberal gobernados por reglas. Una renovación de la caduca negociación comercial multilateral - construida en torno a la apertura de la economía china - podría, como dicen los chinos, ser de “mutuo beneficio” para todos. China debiera tomar la iniciativa. Los europeos y los japoneses debieran apoyar la idea.

Los estadounidenses que estén más informados acerca de los intereses nacionales que la administración deben entender que EE. UU. se encontrará solo si busca un conflicto. Eso es lo que debe suceder cuando un líder se convierte en un acosador egoísta.

Martin Wolf

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