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El deleite de la seducción

En el periodismo, en la academia, en el día a día de la política y del amor, hay demasiados acosadores. Nos hacen falta seductores. 

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abril 29 de 2019
2019-04-29 09:01 p.m.
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Me quedo una y mil veces con la frase de Feliciano Fidalgo, entrevistador español: “no me gusta el acoso, me gusta la seducción”. Lo decía de esa manera al defender su papel de periodista, cuando se sentaba frente a otra persona para lograr encontrar el fondo de las respuestas, al tiempo que iba soltando sus preguntas.

Un escritor de por acá, nacido en Aracataca, pensaba algo similar: “Las entrevistas son como el amor: se necesitan por lo menos dos personas para hacerlas, y solo salen bien si esas dos personas se quieren”.

No hay que quererse para seducir, pero es más fácil. En todo caso, lo contrario no funciona, no se logra con odio. En las conversaciones, las entrevistas, las discusiones, incluso en las órdenes de quien le corresponde mandar, es mejor convencer, pues al final si se logra solo por imposición, lo que se alcanza es frágil, tenue, fugaz.

Para seducir se requiere intimidad, construirla a partir de gestos sutiles, palabras suaves, pudor elegante y sugestivo. Por eso el feminismo más inteligente es el que no rechaza la seducción, como lo reconoce la escritora Melba Escobar, al hablar de su nueva novela (El Tiempo, 9 de abril). A las mujeres de hoy, dice Melba, les hace falta construir una narrativa del deseo, que involucre a los hombres en esa conversación. “Las mujeres aún seguimos culpabilizándonos del deseo que podemos suscitar o sentir, y de sus consecuencias. Fuimos educadas para ser deseadas, no para desear; para ser gustadas, no para elegir quién nos gusta”.

Hay que reivindicar la seducción en toda su plenitud, tanto en la sensualidad, como en el amor, pero también en el universo de las conversaciones, del debate público, del intercambio de palabras y discursos, de saludos y miradas. Al fin y al cabo, implica reconocer la plena autonomía y la inteligencia del interlocutor; todo lo contrario a creer que con acoso, con ataques verbales o físicos, se logra derrotar la resistencia. Para persuadir hay que favorecer un escenario de neutralidad, así como para seducir hay que procurar intimidad.

Hace pocos días escuché defender con vehemencia el valor de aquellos profesores, los verdaderos maestros, que animan con sus conocimientos y generosa pasión intelectual a sus estudiantes. Aquellos que por fuera del salón de clases mantienen viva la conversación vinculada con el saber, con las ciencias. Los reglamentos y la ley son cada vez más celosos del intercambio extracurricular, quizás por experiencias de abusos intolerables. Pero al mismo tiempo le están quitando el aire al deleite de tener un maestro con quien se construye un espacio de intimidad intelectual, el único espacio que hace posible transmitir la pasión por el conocimiento. Dios nos guarde de perder la oportunidad de tomar un café con quien nos puede enseñar algo nuevo.

En el periodismo, en la academia, en el día a día de la política y del amor, hay demasiados acosadores. Nos hacen falta seductores, de esos que destruyen las murallas de nuestros pensamientos y prejuicios.

Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia
jaimebermu@gmail.com

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