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Análisis

El salario mínimo, la distribución y la productividad

El aumento en el salario mínimo eleva la probabilidad de convertirse en desocupación.

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diciembre 11 de 2019
2019-12-11 08:46 p.m.
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La discusión del salario mínimo se ha centrado, en general, en los beneficios de los trabajadores. Mientras más se aumente, más se benefician los trabajadores, y las centrales obreras argumentan que es un logro laboral.

Y es completamente cierto. Sin embargo, a esta perspectiva, en la cual también se tiene en cuenta el poder adquisitivo que puede tener una persona ganando el salario mínimo, es importante añadir otros análisis.

La razón es que, como todo en economía, los recursos son escasos y limitados, no infinitos, y por eso cuando unos ganan, otros pierden. Se trata de la distribución de unos recursos finitos.

Es necesario analizar esta discusión desde el punto de vista de los ganadores, que pueden ser los trabajadores, pero también desde el de los perdedores, que pocas veces son tenidos en cuenta. Los actores que no se encuentran en esta discusión son los desempleados y los trabajadores informales. Y los dos factores adicionales que deben ser tenidos en cuenta en la discusión son la distribución y la productividad.

Sobre la distribución, el aumento del salario mínimo es un costo adicional para los empresarios. Y si el costo aumenta demasiado, las empresas dejan de contratar, lo que puede generar desempleo, o en el caso en que las personas necesiten trabajar, informalidad. Algunos estudios demuestran que el aumento en el salario mínimo eleva la probabilidad de convertirse en desempleo. Otros muestran que el aumento secular del sector informal está relacionado con el salario mínimo.

De todas maneras, en muchos ámbitos, especialmente frente a los medios, la discusión sobre este tema es una discusión más política que técnica. Sin embargo, es claro que los desempleados y los informales no están sentados en la mesa de negociación y pueden verse afectados negativamente. Es decir, si ganan los trabajadores formales, pueden perder los desempleados o los informales.

Por su parte, la productividad es uno de los grandes retos de la economía colombiana, y en general, de América Latina. Un estudio reciente de la Cepal afirma que, en promedio, durante los últimos 65 años los países de la región han permanecido en el nivel de ingreso medio, principalmente por su incapacidad para aumentar los niveles de productividad. Y si se mantiene el actual ritmo de crecimiento, se necesitarían 40 años más para llegar al nivel de países de ingreso alto.

Es decir, mucho tiempo. Y una de las principales razones es la reducción de la productividad laboral. Mientras que en 1950 la productividad laboral de la región representaba más del 75% de la productividad laboral de la Unión Europea, en 2017 representó el 40%. Esta baja productividad, a su vez, está relacionada con la calidad del trabajo, es decir, con la cantidad de producción obtenida en una hora de trabajo.

De hecho, si los países de la región pudiesen aumentar la producción por hora al nivel de Estados Unidos, la brecha del ingreso entre ambas economías desaparecería. En Colombia, aunque se han dado avances sustanciales, y el Producto Interno Bruto (PIB) por persona casi se duplicó entre 1990 y 2017, la productividad laboral representa el 31,5% del promedio de la OCDE.

Un aumento de salario sin concordancia con un aumento de productividad es insostenible. La productividad de un trabajador adicional no podría cubrir los costos del empleador; el trabajador no se contrataría, y se generaría desempleo o informalidad.

La distribución y la productividad son entonces dos factores adicionales que deberían alimentar la discusión sobre el aumento del salario mínimo. Para la distribución, la participación del gobierno como un árbitro de la discusión entre trabajadores –formales– y empresarios, es importante.

Si empresarios y trabajadores no llegan a un acuerdo, el gobierno decide el aumento por decreto, cuestión que ha ocurrido 17 de las 23 veces en que la mesa de concertación se ha sentado a discutir el aumento del salario mínimo. Sin embargo, el gobierno debería jugar un papel más activo, técnico, teniendo en cuenta los efectos sobre el desempleo y la informalidad.

Y aunque la productividad es uno de los factores a tener en cuenta, esta no necesariamente es atribuible a los trabajadores. Depende más de políticas de largo plazo. La formación para el trabajo y la productividad total de los factores, mezclando el capital físico, es decir, la tecnología, y el capital humano, son dos ejemplos de una visión de más largo plazo atada a políticas activas de empleo y a una política de crecimiento del sector público y del sector privado.

Por eso el papel del Ministerio del Trabajo diseñando políticas activas y de formación, con el SENA, en el mediano y largo plazo, son necesarias.
Estos dos temas ha sido tratados de una u otra manera en las discusiones. En varias ocasiones se ha afirmado que la diferencia de la productividad entre regiones debería generar salarios mínimos diferenciales por regiones.

Un estudio de Fedesarrollo mostró que en las regiones donde la productividad es más baja la informalidad es más alta. De todas maneras, una decisión equilibrada sobre el aumento del salario mínimo es compleja. Como se mostró, unos ganan y otros pierden. De todas maneras es necesario evitar que los que ganen sean los más representados o los que más presión política o mediática puedan ejercer.

En estos momentos de protesta, la decisión es aún más compleja. Por eso una buena comunicación, explicando los efectos del aumento, puede ayudar a tomar una mejor decisión.

Mauricio Olivera
Exviceministro de Empleo y Pensiones del Ministerio de Trabajo

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