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LUNES, 26 DE FEBRERO DE 2024

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Malestar económico: oligopolios y desigualdad

Hay que actuar en defensa de la competencia, esencia del capitalismo. Es mejor que las reformas las hagan quienes creemos en los mercados.

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La raíz del malestar económico y político que existe hoy entre los ciudadanos de las economías y democracias occidentales avanzadas –que en la desesperación de algunos segmentos los ha llevado al populismo de derecha o izquierda y a castigarnos con representantes como Trump– incluye, en mi opinión, por los menos tres factores interrelacionados: i) una enorme frustración con los resultados de las políticas de apertura comercial, la internacionalización de las cadenas productivas y la pérdida de empleos industriales bien remunerados que ha traído la globalización; ii) la creciente concentración y pérdida o drástica reducción de la competencia en casi todos los mercados, resultando en estructuras oligopólicas, y iii) la avaricia (greed) de las empresas con la maximización de utilidades como único objetivo para beneficio exclusivo de sus accionistas, ignorando otros objetivos sociales y económicos, incluyendo la aceptación de que el proceso creativo es colectivo y debería llevar a remunerar mejor a los trabajadores y proteger el medioambiente.

Estas tres fuerzas se retroalimentan en una dinámica perversa que se traduce en una caída pronunciada de los salarios reales de los trabajadores y pérdida de sus derechos, ya que, en el extremo, los monopsonios (monopolios de los compradores) deprimen los salarios, exprimen a sus proveedores, aumentan las desigualdades regionales y la brecha urbana-rural de ingresos, llevando a que hoy California sea el estado con mayor desigualdad, en donde una tercera parte de la población de Silicon Valley no pueda cubrir sus necesidades básicas y que, en medio de la opulencia coexistan los mayores índices de pobreza en el país, por encima de estados tradicionalmente pobres como Alabama y Mississippi.

En los estados otrora más industriales de Estados Unidos, las empresas migraron a jurisdicciones con salarios mucho menores (México, China, Vietnam). Si bien ello generó eficiencias al asignar los factores de producción óptimamente, no llevó a que los ganadores (consumidores y accionistas) compensaran a los perdedores (trabajadores y gobiernos). La premisa de ‘óptimo de Pareto’ (según la cual cualquier redistribución que beneficie a un individuo resultaría perjudicial para otro) no se implementó. De otra parte, la inacción del Estado en aplicar la legislación antimonopolios llevó al aumento exorbitante de la concentración en la mayoría de los sectores. En esto último, el factor ideológico predominó.

Detrás de las respuestas de política a los tres factores mencionados está la presión ideológica caracterizada por la escuela económica de Chicago, que cree que el Estado no debe, casi que por ninguna razón, intervenir en los mercados, ya que ello lleva a peores resultados. Esto es así porque según los discípulos de Milton Friedman los mercados se defienden solos y se autorregulan, asumiendo, sin evidencia y con gran ingenuidad, que con garantizar la libre entrada y la aplicación de políticas de laissez faire se resuelve todo. Es así como “la economía es quizá la única profesión donde los hechos (la evidencia) no importa y la teoría predomina (…) con afirmaciones categóricas basadas puramente en teoría” ( J. Tepper y D. Hearn, The Myth of Capitalism: Monopolies and the Death of Competition, Wiley, 2019).

Paradójicamente, los amigos de la competencia perfecta y del no intervencionismo a toda costa, coadyuvaron y le dieron legitimidad intelectual al desarrollo de los oligopolios, abandonando completamente las políticas antimonopolios, dando rienda suelta desde la presidencia de Reagan en EE. UU. a la mayor explosión de consolidación empresarial de que se tenga memoria. “Para Friedman y Stigler, los monopolios eran como los dragones. Son criaturas peligrosas y horribles, pero no son reales y, por tanto, no deben preocuparnos. Cualquier cosa que luzca como un monopolio son simplemente industrias que dominan debido a su mayor eficiencia” (Tepper).

La competencia perfecta podía, quizá, aproximarse en la época de Adam Smith, donde las utilidades extraordinarias (rentas) de un tendero se reducen con la entrada de más competidores. En economías industriales hay toda clase de barreras tecnológicas, de escala, de patentes, de aprobaciones regulatorias, de colusión entre las empresas existentes, que no hace viable o que se vuelva difícil que entren nuevos competidores, además de que los que ya están adentro harán todo lo posible por absorber o llevar a la quiebra a los competidores efectivos o aun potenciales.

En el extraordinario libro antes citado, se menciona que “entre Google, Amazon, Apple, Facebook y Microsoft han, colectivamente, comprado más de 436 compañías y startups en los últimos 10 años” –incluyendo haber permitido, sin ningún cuestionamiento del regulador, la compra de Instagram y Whatsapp por parte de Facebook–, además de que una empresa como Google haya invertido 30 billones de dólares en infraestructura en los últimos tres años en construir el cableado que conecta sus centros de datos en la ‘nube’. Las inversiones requeridas hacen imposible que una startup pueda entrar y competir dadas las inversiones requeridas. Hoy, además, las plataformas electrónicas (online) controlan la infraestructura de la cual dependen los rivales de empresas como Amazon.

Los llamados ‘efectos de network’ llevan a posiciones monopolísticas, a tremendos conflictos de interés y una dinámica de que el ganador se queda con todas las utilidades (winner-takes-all). De facto, las empresas dominantes se convierten en gobiernos que le dictan a los demás qué es lo que deben hacer y los incumplimientos se sancionan llevándolos a la quiebra. Para empresarios como Thiel (Zero to One: Note on Startups, or How to Build the Future, 2016), “la competencia es para los perdedores”, e inversionistas como Buffet buscan empresas que tengan “fosos y fortificaciones” infranqueables, vía patentes o reciban colaboración de los reguladores para impedir la entrada de competidores. Por supuesto, las acciones más rentables que hay que comprar son las de los oligopolios y los monopolios. Más aún, los defensores de los monopolios y sus utilidades extraordinarias consideran que estas son necesarias para financiar las innovaciones.

Comprándose al ‘arbitro’ (el Estado) para que no intervenga o si lo hace lo haga en favor de los oligopolios, y predicando que todo lo público es malo y lo privado bueno, hemos llegado a una nueva era dorada del capitalismo salvaje, donde la competencia está moribunda. El resultado ha sido una desastrosa distribución del ingreso y de la riqueza, y a una ‘predestinación’ en la distribución del ingreso, dada la concentración de la riqueza en unos pocos. Así, el 1 por ciento de la población controla más riqueza que el 50 por ciento de los ciudadanos más pobres. En conclusión, hay que actuar en defensa de la competencia, esencia del capitalismo. Es mejor que las reformas las hagan quienes creemos en los mercados, ya que el populismo y la demagogia nos llevarán a resultados funestos.

Fernando Montes Negret
Economista financiero

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