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La tiranía del deseo

Prefiero mil veces la pasión y la fuerza interior que empuja hacia lo que anhelamos ser, que lo contrario, un humano inerte.

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enero 31 de 2019
2019-01-31 09:20 p.m.
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Víctor Hugo, el poeta, el escritor, el activista, fue enterrado con honores el 1 de junio de 1885. Debió ser alguien importante para que le brindaran un funeral de Estado, en una ceremonia a la que asistieron más de dos millones de personas, y sus restos fueran llevados luego al Panteón de París.

Dos hallazgos recientes me sorprendieron. El primero, saber que fue uno de los pocos hombres del siglo XVIII que alzó su voz contra las injusticias que sufrían las mujeres. “Es difícil lograr la felicidad del hombre con el sufrimiento de la mujer” escribió en una de sus cartas.

El Segundo, uno de sus poemas, Te Deseo, que parece más bien un ensayo de algún sabio filósofo acerca de cómo vivir bien, escrito con la suavidad de quien inspira con cada frase, con su cadencia, con el ritmo sugestivo de las palabras.

Algunos de sus versos riman así:

Te deseo primero que ames, y que amando, también seas amado.

Y que, de no ser así, seas breve en olvidar y que después de olvidar, no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que si es, sepas ser sin desesperar.

Los versos de Víctor Hugo me llevaron a pensar en lo fácil que es desear y que, de hacerlo, es aún más sencillo desear para el otro. Como si las frases del deseo no implicaran ningún riesgo. En cambio, el deseo propio es una fuerza incontenible que nos envuelve y no cesa; en ocasiones nos atormenta, nos persigue, insiste. Y, aun a pesar de ello, nos hace sentir vivos.

Como quien desea a una mujer o a un hombre, un cigarrillo, un viaje, un vino, un descanso, ganar un partido, tener un hijo, no engordar, comer lo que nos gusta, salir a trotar, cantar bien, tener lo necesario y que no nos haga falta nada, conocer el más allá, saber dónde están los que se fueron.

No elegimos y no controlamos lo que queremos, solo actuamos sobre ese querer. Por eso desear no es bueno ni malo en sí mismo.

Prefiero mil veces la pasión y la fuerza interior que empuja hacia lo que anhelamos ser, que lo contrario, un humano inerte, convencido de que es mejor anular las ambiciones y los gustos. De los estoicos o ascetas solo rescato su enorme deseo de no sentir.

Es cierto, somos “deseantes”, en la medida en que estamos incompletos. Pero todo dependerá no del deseo mismo sino de las maniobras y malabares que hagamos para encauzar, a veces dominar, y cumplir ese mismo deseo.

Y si no podemos controlarnos, al menos tenemos los versos de Víctor Hugo para pensar:
“Te deseo también que tengas amigos, y que, incluso malos e inconsecuentes sean valientes y fieles, y que por lo menos haya uno en quién confiar sin dudar.

Y porque la vida es así, te deseo también que tengas enemigos.

Ni muchos ni pocos, en la medida exacta, para que, algunas veces, te cuestiones tus propias certezas.

Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia

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