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Julia y la arriería

El dinamismo del comercio que se tejió alrededor de la arriería mucho tiene que ver con las Julias de esta historia.

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septiembre 05 de 2022
2022-09-05 07:55 p. m.
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Mi hija se llama Julia en parte por la música de Jorge Velosa y por aquella mujer a la que un enamorado quería más que a su camión. Pero, sobre todo, se llama Julia porque tuvo una tocaya en mi familia, la abuela de mi abuela, sobre la cual se tejió la historia de un linaje de mujeres fuertes.

Julia tuvo una finca cafetera en Gramalote justo en el momento en que el café empezó a poner a Colombia en el mapa. La finca era de Julia y ella sola se hizo cargo porque a pesar de haber prometido regresar, su esposo fue a buscar fortuna en Venezuela, y no se supo más de él. Julia, con la plata del café, educó a sus hijos en Bogotá y compraba lo que necesitaba a los mismos arrieros que sacaban su producto.

La arriería fue un oficio masculino. Las largas jornada, los viajes y la fuerza requerida para el oficio hizo que el saber de la arriería se pasara entre varones.

Sin embargo, no estaba desconectado del mundo de lo femenino. Parte de la historia que se nos olvida contar de la arriería, y que produjo igual dinero que el transporte de oro y café fue el comercio de productos importados, donde se conectaban con las mujeres y los hábitos de consumo de las familias de la época.

Los arrieros, como buenos transportadores, no hacían viajes vacíos. Sacaban oro y café de los municipios productores, pero además llevaban bienes de diferentes partes del país, pero, sobre todo, bienes importados, muchos de ellos de consumo de lujo, como lo describe María Mercedes Botero en sus textos sobre la minería.

Germán Ferro retoma un texto de Tomás Carrasquilla en el que describía los insólitos productos que encontraba en Nechí para ilustrar este punto: “¡Qué artículos más raros en aquellos pueblos medio sencillos! Peluches, rasos, cintas, plumas, flores de trapo, encajes, todos los tintes chillones, todos los adornos ostentosos” y lo corrobora con las listas de pedidos de casas comerciales.. Según Ferro, el inventario de Ospina Hermanos en 1885 incluía perfumes, pañuelos de seda, muselinas, guantes de seda, plumeros con plumas de colores y demás productos exquisitos, incluyendo pulseras obscuras imitando el carey.

Así mismo, Eugenia Ángel-hija de arriero- publicó un libro de cocina titulado La cocina moderna colombiana en Medellín en 1926 y tenía listados en sus recetas ingredientes que hoy difícilmente conseguimos en mercados gourmets: champañas, pescados enlatados y encurtidos sofisticados.

El dinamismo del comercio que se tejió alrededor de la arriería mucho tiene que ver con las Julias de esta historia y con otras mujeres que fueron parte de la historia de las empresas en el país.

Cristina Vélez Valencia
Decana Escuela de Administración Universidad Eafit.

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