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ANÁLISIS 

La comunicación educativa en el arte de enseñar

En el marco de la celebración del Día del Maestro, el rector de la Universidad del Rosario habla sobre los retos de los docentes en el mundo actual.

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mayo 14 de 2019
2019-05-14 10:50 p.m.
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Nuestro proyecto de vida refleja las “pinceladas pedagógicas” de aquellos docentes que, generosamente, han compartido sus conocimientos, experiencias, actitudes, aptitudes y valores, para trazar el proceso de formación integral de cada uno de nosotros y ayudarnos a descubrir nuestra vocación.

Los estudiantes de hoy, por sí mismos, tienen acceso a nuevas oportunidades en su proceso de aprendizaje gracias a la nueva concepción del tiempo y del espacio, a la innovación y, en general, a las ventajas propias de la revolución 4.0. Sin embargo, en un escenario marcado por la hipermodernidad, la incertidumbre y el cambio permanente, la misión actual del docente es aún más compleja y su resultado dependerá en gran medida de su capacidad para establecer una comunicación educativa con sus estudiantes.

En algunas ocasiones, los jóvenes, incluso estando en el mismo espacio que el docente, pareciera que se encuentran a kilómetros de distancia, totalmente desconectados. Por esto, se requiere de un verdadero encuentro con la disposición por aprender juntos y evitando el envío de mensajes unidireccionales, para establecer diálogos con un propósito claro de aprendizaje, en donde la confianza (y no la angustia de los estudiantes) se convierta en el lienzo sobre el cual se realiza el proceso.

Los jóvenes aprenden en todo momento y en todo lugar, razón por la cual el modelo tradicional de aprendizaje, exclusivo en el aula, ya no es suficiente. Los docentes, con las restricciones de infra e infoestructura, tiempo y espacio, deben propiciar una co-creación con los estudiantes de nuevas maneras de aprendizaje y comunicación, con la participación de todos actores que los acompañan. De esta forma, estos actores, como lo son los padres de familia, amigos, compañeros de clase, egresados, entre otros, se convierten en sus co-formadores, cada uno aportando una pequeña pincelada a la misma obra de arte: su aprendizaje.

Por otra parte, el uso y la apropiación de las tecnologías en un espacio educativo es bastante heterogéneo, hasta el punto de discriminar a las personas entre tecno ricos y tecno pobres, lo cual genera un abismo en la comunicación. Lo anterior, trae como consecuencia que se convierta en un desafío para el docente colaborar con la reducción del analfabetismo tecnológico de los participantes, en un contexto marcado por la “infoxicación” ante el exceso de información disponible y por la “paradoja de la soledad tecnológica”, en donde estamos conectados a diferentes redes, pero cada vez desarrollamos menos las relaciones personales.

El miedo a la subjetividad y la desconfianza, se presentan con alguna frecuencia en el proceso de evaluación de los estudiantes que realiza el docente desvirtuando su objetivo formador. Por tanto, se debe innovar en la evaluación del estudiante, reconociendo las particularidades, sin caer en el error de la estandarización y con un proceso continuo de valoración desde su primer encuentro, acompañado de unas pautas acordadas con los estudiantes. Adicionalmente, la evaluación es un reto permanente, que debe arrojar resultados de calidad y fiabilidad para todos los actores del proceso de enseñanza-aprendizaje.

El docente comparte con sus estudiantes su saber en un área específica, donde realmente está muy cerca de la frontera de conocimientos con posibilidad de aumentarla gracias a su experiencia y su proceso de investigación. Sin embargo, su misión es más compleja, ya que deja una huella en el corazón que supera el saber disciplinar, al compartir la totalidad de su ser y convertirse en un referente para los jóvenes. El compromiso del docente parte de reconocer sus errores y debilidades (propias de todo ser humano) para establecer un proceso de mejora continuo que le permita lograr una madurez pedagógica y así poder conectar con los estudiantes y maximizar sus talentos.

En este sentido, el verdadero maestro debe mostrarse como un testimonio para el estudiante, un motivador en su proceso de formación. Siendo creativo, desafiando el status quo y saliendo de su zona de comodidad, puede lograr que sus estudiantes se arriesguen también a encontrar un estilo propio. Debe apostarle a la innovación pedagógica, a formar jóvenes que tengan mayor conocimiento de sí mismos y del mundo que los rodea, motivándolos así a convertirse en líderes a favor del bien común.

Alejandro Cheyne García
Rector Universidad del Rosario

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