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La disyuntiva entre lo funesto y lo nefasto

Parecería que el ‘modus vivendi’ de Colombia es la confrontación ante cualquier disyuntiva ideológica, religiosa, de género y política.

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noviembre 08 de 2018
2018-11-08 11:31 p.m.
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El absurdo y falso dilema anterior se aplica a Colombia, pues siempre ha padecido situaciones de confrontación fratricidas que le han impedido aprovechar todo su potencial y progresar como se merece. En efecto, en sus dos siglos Republicanos, pasó del halagüeño cambio de ‘Patria boba a estado fallido’.

Cualquier cantidad de adverbios referentes a situaciones que impliquen doble desgracia, se aplican -paradójicamente-, a un país dotado de los más bellos paisajes, millonarios recursos naturales, privilegiada ubicación geoestratégica y donde sus gentes buenas son muchísimas más que las malas. ¿A qué obedece tan inconsecuente situación?

Debemos reconocer que genéticamente somos violentos, basta con repasar nuestra historia para evidenciar que recién habíamos lanzado nuestro grito de independencia, ya estábamos peleando entre nosotros mismos, de un lado comerciantes, artesanos, liberales y federalistas y del otro terratenientes, militares, sacerdotes, conservadores y centralistas.

Estos bandos siempre se las ingeniaron para propiciar la confrontación. Es increíble que tuvimos nueve guerras civiles (1.812, 39, 51, 54, 60, 76, 85 95 y 99), en menos de un siglo.
Luego y para citar -solamente algunos casos de los últimos 60 años- de nuestro consuetudinario enfrentamiento: chulavitas vs. ca- chiporros, mafiosos paisas vs. mafiosos caleños, guerrillos vs. ‘paracos’, uribistas vs. santistas.

El espíritu belicoso de los colombianos es un precioso manjar para algunos perversos dirigentes políticos, que logran reciclar hacia sus mezquinos intereses la polarización que siempre hemos padecido, a tal punto que nuestra más reciente e ilógica confrontación obedece al acuerdo logrado para poner fin al conflicto armado más añejo de todo el hemisferio occidental.

Pero la gota que rebosa la copa de la intolerancia con connotaciones de auto flagelo, se evidencia en posiciones contrarias e insultantes al tema de la consulta anticorrupción, en otras palabras y amparándonos nuevamente en los refranes populares, somos especialistas en “pegarnos tiros al pie”.

Parecería que el modus vivendi de Colombia es la confrontación e intolerancia entre sus connacionales, pues ante cualquier disyuntiva ideológica, religiosa, de género y ante todo política, es inevitable la confrontación que desata la cadena de acciones violentas.

Es francamente doloroso constatar el padecimiento de muchísimas familias de nuestro país agobiadas por la espiral de violencia que siempre nos ha caracterizado y que obliga a millares de aquellas a padecer, no uno o dos, sino varios desplazamientos.

En efecto son desplazados de sus lugares de origen a centros urbanos más poblados, luego lo hacen a la capital del país y finalmente incluso a tratar de emigrar del país.
Este fenómeno obedece a los terribles tentáculos de la violencia ejercida por diferentes actores como grupos Guerrilleros, Paramilitares, Bacrim y delincuencia común, que continúan con sus fechorías a pesar de que algunos se han desmovilizado, entregado armas e incluso sometidos a la justicia, pues desde las mismas cárceles continúan delinquiendo al amparo de instituciones débiles y algunas francamente corruptas.

Tal intolerancia degenera en situaciones increíbles como la siguiente: portar un simple carné de profesor de una institución universitaria de origen militar, obliga al docente a estudiar logísticas de ventajas o riesgos por el solo hecho de mostrar este documento, pues puede ser calificado de inmediato como derechista, pero con el agravante que algunos derechistas lo estigmatizan de lo contrario.

Tan absurda simbiosis, dado que la docencia es la profesión que más utiliza y replica el pensamiento crítico, tema que genera reacciones ambivalentes de simpatías o peligros.
Cifras de la Federación Colombiana de Educadores (Fecode), registran que en promedio asesinan más de 30 docentes cada año en nuestro país. Todo por cumplir con su responsabilidad básica de tipo eminentemente social.

Definitivamente, esos altos niveles de intolerancia constituyen el paso inicial de un denigrante camino, con tan peligroso final. Se inician como meros simpatizantes, el nivel de atracción aumenta y pasan a seguidores. Luego, se transforma en fervor y se convierten en militantes radicales.

Al perder la razón y ponderación mutan a extremistas, en este nivel quedan listos para graduarse en la máxima categoría: terroristas.

El nivel de terrorista obtenido por los fundamentalistas tras trasegar toda la ruta enunciada, sería el equivalente a graduarse en el ámbito universitario con la máxima categoría Summa cun lauden.

Han sido infructuosas las variadas voces de la sociedad civil colombiana, que hacen un llamado a la ponderación y el respeto a las ideas contrarias que elimine de una vez por todas la espiral de violencia que agobia al país.

Finalmente, la frase más apropiada y pertinente a los ideólogos, patrocinadores y actores por acción u omisión de este cáncer de la intolerancia es:

“Ser extremista de izquierda es como ser extremista de derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de hemiplejía moral”: José Ortega y Gasset.

Miguel Celis García
Docente universitario

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